HUMO SAPIENS
por Alfredo Lemon , Córdoba, Argentina ©

“…de ordinario fumo cuando me siento cerca de mí,
o si sufro la aproximación de algún otro,
para velar una misma nada”
Stéphane Mallarmé
1
Mientras arde el tabaco en la cazoleta,
los pensamientos comienzan su deriva.
La aspiración aviva el encendido
y la combustión adensa el peso del mundo.
Un aire voluptuoso confunde las respuestas
y envuelve el cansancio ante cualquier pregunta;
al exhalar, las espirales ascienden
y las dudas se abren como precipicios;
la intuición se hace más aguda,
las urgencias se esfuman lentamente.
2
Apenas puedo decir estrofas tan frágiles
como los minutos que tengo ante mí.
Vuelven los recuerdos
entre las bocanadas que aspiro
y el tabaco que se va quemando.
Somos hijos del humo:
humus, huellas, huesos,
también la tierra alguna vez será ceniza.
3
Como el tabaco al consumirse,
la vida es breve:
danza gris, bruma azul,
el placer se satisface y cada ilusión se desvanece;
todo esplendor es vulnerable,
las volutas se vuelven polvo tras el fuego.
4
Penumbra somnolienta, presente.
El humo es el alma distanciada del mundo.
El alma es el humo distanciado del ser.
Leve revelación;
la nostalgia atardece en el living
y el olvido se esconde en una botella de vodka.
Perder la poesía sería perderme: todo.
5
La realidad es una brasa que agoniza,
pliegue moroso, borroso, evanescente.
Soplos que fluyen y después se esfuman,
pálidos soplos, furtivos,
Soplos que avivan y apagan
promesas pendientes, deseos incumplidos.
6
El humo seduce con su hipnosis
porque es reflejo –y metáfora-
de nuestra despedida.
7
Fumar, filosofar:
una niebla enmascara el desorden de las cosas
pero escribir no calma las fatigas del ánimo.
8
Razón poética, último límite.
Con la pipa en la palma de su mano,
solo queda el hombre en su umbral de humo,
el fumador frente al misterio de su propia imagen.
9
Vagamente vuelve a entrar en la humareda
intentando concluir su divagación:
páginas apagándose
en el fuego sombrío del silencio,
en los residuos plomizos del espíritu y la soledad.
La primera pipa
matutina

Bajó
la escalera lentamente, casi como suspendido en el aire,
para evitar que los escalones de madera crujieran bajo sus
pies. Llegó a la cocina y se acercó a la encimera, tomó
entre sus manos la vieja cafetera, vetusta pero sabia
marmita que lograba que agua y café en polvo se convirtieran
en agradable poción que tenía la facultad de resucitar al
más irrecuperable dormilón.
Prendió el fuego
y en ese momento una sombra se unió a él en la cocina. Stoky,
su compañero de caminatas, de silencios, de pipa, llegaba
junto a su amigo humano y se contentaba con menear la cola y
agachar las orejas en espera de unas caricias y unas
palabras cariñosas. Sus ojos negros parecían perderse entre
la negrura de su pelaje, como dos carboncillos radiantes de
vida pero profundos como el mar.
El anciano se
acercó al mueble que guardaba sus tesoros y abriéndolo
extrajo de un cajón, sin dudar, una lata de tabaco y los
útiles necesarios para disfrutar de una fumada. Luego alzó
la vista y fue recorriendo una a una sus pipas, hasta que se
decidió por una. Una hermosa pipa de brezo, con forma
indefinida. Parecía que el artesano había dejado volar sus
manos sobre las caprichosas líneas de la madera y
simplemente se preocupó de que la pipa, como tal, ‘fumara
bien’ y de nada más. Era de las primeras freehand que había
comprado, huyendo de las formas clásicas, formales, a las
que tan aficionado era.
El sonido de la
cafetera pareció traerle de regreso a la realidad,
ensimismado como estaba en la contemplación y elección de la
pipa para esta primera fumada del día. Se sirvió un café
corto pero contundente y con la taza humeando en una mano y
la pipa, tabaco y útiles en la otra, se dirigió al exterior.
Todavía era de
noche. Pero a lo lejos, hacía el este, el sol comenzaba a
pelearse con la oscuridad. Había un agradable olor en el
ambiente. Una mezcla de humedad, olor a frutales y huerta y
a las rosas que su esposa cuidaba mimosamente.
Su cuerpo se
desparramó literalmente sobre la mecedora. Colocó utensilios
y taza de café sobre la pequeña mesa que estaba a su diestra
y terminó de acomodarse.
Abrió la bolsa
que contenía el tabaco y lentamente fue dejando caer las
hebras en el interior de la cazoleta. Stoky miraba, cual
crítico piperil, el ritual que se había iniciado y que
tantas veces había contemplado, casi compartido, con el
anciano.
Una suave
aspiración para comprobar que la carga era correcta, que
nada estaba ‘fuera de sitio’ y el anciano prendió una
cerilla, que acercó a la cazoleta, al tabaco, al mismo
tiempo que daba cortas pero enérgicas pitadas.
La atmósfera se
embriagó del olor de su pipa y lenta y parsimoniosamente el
tabaco terminó de prender, suave y homogéneamente. Esta
primera degustación en ayunas era insuperable y tras
paladear varias veces su pipa, el primer sorbo de café.
Negro, fuerte, sin azúcar.
Algunos amigos
le recriminaban esta mezcla que decían desvirtuaba el sabor
de la fumada, pero a nuestro personaje le sabía a gloria.
Con otro segundo sorbo termino el corto café y continúo con
el disfrute de la pipa.
La oscuridad,
cual ciervo que huye de la jauría, se apresuraba a
desaparecer y las primeras luces del alba, lejanas en el
Este hasta hacía un rato, cada vez se iban acercando más y
más deprisa.
El anciano,
entre pitada y pitada, aspiraba el olor de la mañana,
disfrutada de los sonidos del campo que le rodeada y su mano
jugueteaba con los pelos de la cabeza de stoky que
embelezado, miraba a ninguna parte.
Al fin la luz
terminó por golpear los ojos de la pareja de amigos
llenándolo todo, pero para entonces la pipa tenia los
últimos instantes de una hermosa fumada casi por terminar.
Stoky se
estiraba perezosamente, el anciano oía como la algarabía de
sus nietos y la voz de la abuela, su esposa, comenzaban a
vencer al silencio casi místico que le había acompañado
desde que dejara la cama, casi una hora antes.
Al fin, giró su
pipa y dejo caer en un cacharro de barro la ceniza. Stoky
comenzó una digna, lenta pero inteligente huída, antes de
que llegaran los nietos, en busca de una zona tranquila de
la finca.
El viejo se
levantó y contempló todo a su alrededor como si realmente
fuera ahora cuando estuviera despierto, justo en ese momento
los nietos, entre risas y gritos, llegaban junto a él para
abrazar al abuelo.
A esas alturas,
Stoky ya sesteaba a buen recaudo bajo el tractor, y el
abuelo había guardado su pipa en el bolsillo de su camisa,
lejos de aquella tropa de pequeños bárbaros.
Pedro Romero-Auyanet,
-Canarias-
Tía
Sara

Fue
tía Sara quien me introdujo en el mundo de la pipa. Ella fuma
desde muy joven y ha llegado a dominar el difícil arte de
fumar en cachimba. Tiene una buena colección de pipas que
guarda en un armarito de cerezo con puertas de cristal colgado
en la pared, junto a la chimenea. Le gustan las pipas
inglesas. Dice que son, con mucho, las mejores. De entre las
inglesas, prefiere las Astley, aunque posee ejemplares de
otros reputados artesanos londinenses.
Tía
Sara fuma dos pipas cada día, incluso ahora, con setenta y
dos años de edad. La primera a las cinco de la tarde, con el
té. La costumbre de tomar el té a las cinco y su preferencia
por las pipas inglesas le viene de su abuelo, mi bisabuelo,
Geoffrey Berkeley, un ingeniero de minas que vino a España en
su juventud para dirigir la mina de plata ”Cerro Negro”.
Conoció a la bisabuela y se casaron. Cuando la mina se agotó,
montó una pequeña industria metalúrgica, especializada en
la fabricación de pequeños objetos ornamentales de latón y
cobre, que le dio unos resultados magníficos y trajo la
prosperidad a la familia durante muchos años.
La
segunda pipa del día la fuma tía Sara por la noche, después
de cenar. Sentada junto a la chimenea, que en casa se enciende
casi todo el año, tía Sara escucha ópera italiana, entre
nubes de humo aromático, en su viejo tocadiscos de vinilos
que no ha querido cambiar nunca por otro más moderno.
Curiosamente, prefiere los tabacos holandeses a los ingleses,
a los que encuentra “demasiado sólidos”, sobre todo los
que llevan latakia. Aún así, no renuncia a las mixturas
inglesas y mezcla estos tabacos con más cuerpo con los aromáticos
holandeses, consiguiendo, como suele decir, “el perfecto
equilibrio, la armonía de los sentidos”.
Tía
Sara hace de sus fumadas una ceremonia casi religiosa. Abre el
armarito de las pipas y selecciona con cuidado una de sus
cachimbas. En un tarro de cristal tallado, que se trajo de un
viaje a Venecia, guarda el tabaco con el grado de humedad
perfecto. Setenta y dos por ciento, dice ella. Coloca un
montoncito de tabaco en una pequeña bandeja de plata y lo
desmenuza cuidadosamente. Después introduce en el hornillo de
la pipa diminutos pellizcos de tabaco, “como una lluvia de
canela sobre las pastas de vino”. Con el atacador compacta
el tabaco con extrema suavidad, como si lo acariciara. Después
enciende con un fósforo de madera. Nunca quiso atender mi
recomendación de que utilizara los encendedores de gas, mucho
más prácticos. El tabaco prendido se levanta y ella vuelve a
prensarlo con la misma delicadeza. Enciende otra cerilla y
prende definitivamente la pipa. Durante casi dos horas paladea
el humo, inmersa en el éxtasis más arrebatador.
Cuando
era niño me gustaba ver a tía Sara mientras fumaba. Me
explicaba cada paso de su ceremonia, me hablaba de sus pipas,
de sus tabacos, de las sensaciones que sentía al fumar. La
abuela la reprendía, porque no le gustaba que tía Sara
fumara y menos que inculcara en mí su “maldito vicio”. La
abuela creía que era por su afición a la pipa por lo que tía
Sara no había encontrado marido. Ningún hombre se acercará
a ti mientras sigas chupando de esas malditas cosas, le decía,
si al menos fumaras cigarrillos como todo el mundo. Pero tía
Sara no le prestaba atención cuando le hablaba así. Aspiraba
lenta y profundamente de sus cachimbas y exhalaba el humo
blanquiazul que se elevaba en volutas hasta el techo, ajena a
todo lo que la rodeaba en ese momento.
Tía
Sara me regaló mi primera pipa cuando cumplí los dieciocho años.
Una Astley, naturalmente. Todos los regalos que me hizo a
partir de ese momento estaban relacionados con las pipas:
otras pipas, siempre inglesas, estuches para pipas,
limpiadores, libros sobre pipas y el arte de fumar, cajas y
tarros para conservar el tabaco. Yo mismo adquirí otras
cachimbas y, para compensar el extremado apego a lo británico
de mi tía, casi siempre eran italianas. Con el tiempo, he
conseguido una colección no tan amplia como la de tía Sara,
pero sí más variada.
Fernando
Avilés Márquez

Yo lo supe desde chico
Yo lo supe desde chico, lo
supe desde siempre, que terminaría por fumar en pipa.
Tal vez por la influencia de
tanto hombre, de tanto hombre ligado al mar que vivía cerca
de mi casa. Les veía llegar de la mar, al tiempo que me
daban un pequeño y cariñoso pescozón al pasar, y se dirigían
a sus casas después de meses rodeados de horizonte y agua,
trabajo y salitre, de nostalgia y deseos de regresar.
Pasaban con su petate al
hombro y sus pipas curvas en la boca, exhalando el humo de
tabaco por la boca y la nariz. Pasaban con la piel de las
manos y cara, más curtida, más morena, más cansada que en su
viaje anterior.
Luego cuando acudía a casa de
alguno de mis amigos, cuyo padre trabajaba en la mar, me
sentaba y escuchaba, como alelado, sus historias marineras.
Sentado, casi desparramado en
un sillón, se enfrentaba a la chiquillería que esperábamos
que nos comentara acerca de su último viaje a Sudáfrica, de
la pesca en el banco sahariano, en las costas de Terranova,
...
Me quedaba alelado, como los
otros, cuando de forma pausada encendía el mechero y lo
acercaba a la pipa, aspiraba lentamente y se camuflaba tras
la columna de humo que surgía, reposando, pensando, para
continuar con la historia.
Siempre me maravilló aquel ritual, pensaba que si había algo
de misterio en fumar, algo de místico en prender el tabaco,
tenía que ser fumándolo en pipa.
Les vi así durante años,
pegados a sus pipas curvas, cuando regresaban de las
‘mareas’, deseando reencontrarse con sus hijos, con el calor
y el deseado olor de sus esposas, con su barrio, con sus
amigos y vecinos.
Les vi así durante años,
cuando comenzó a morir el puerto, pegados a sus pipas.
Cuando muchos de ellos quedaron varados en el puerto porque
la reconversión de flotas los dejaba en tierra firme, cuando
languidecía la actividad de los muelles y no conseguían
faena diaria con la que ganar un jornal.
Fue en esa época cuando
escuche una frase de Antoñito que con el tiempo he llegado a
comprender… ‘cada uno llena la cachimba con el tabaco que
tiene’. Ciertamente, es así. Hay épocas de bonanza y épocas
para ir más ajustado que la sotana de un cura.
Pero nunca perdieron su
dignidad, pegados a sus pipas curvas, humeantes, cargadas de
picadura en meses de bonanza y de mezclas holandesas o
inglesas en épocas de faena.
Regresaban a casa con un buen
jornal, con regalos para los suyos y los amigos, con algún
ave exótica, y con miles de anécdotas que contar en
tardes-noches interminables, entre risas, anécdotas y
perfumadas con el humo de sus pipas.
Lo supe siempre, que la única
y verdadera forma de disfrutar de un buen tabaco es en pipa.
La calma que requiere el cargarla, la tranquilidad que
requiere el fumarla, la satisfacción que produce el acabarla
hasta el final, hasta la última brizna de tabaco, no se
puede comparar con nada más.
Ahora, en la distancia,
vuelvo a recordar muchas de aquellas tardes-noches y sonrío,
mientras enciendo una pipa, cargada según la época con ‘el
tabaco que tengo’.
Sea este un sencillo recuerdo
a ese barrio marinero donde crecí… La Isleta.
Pedro Romero-Auyanet (
Canarias )
Pipas
de la nueva era

En
el camino de vuelta a casa una intensa emoción brota
por mis poros, inunda mi alma y embota mi mente. El
sol se está poniendo en el horizonte. Camino hacia
él ya que hacia el Oeste está mi casa. Los rayos
cálidos y luminosos de este sol poniente me pintan
todo de naranja. Me siento brillar mientras mis
pies, descalzos, abrazan esta hierba verde y fresca.
A mi lado camina el agua contemplando mi alegría,
cuando de repente piso algo duro que me lastima.
Un pedazo de madera seca, de palma, curtida por el
agua y el tiempo.
La tomo entre mis manos, la acaricio, la doy vueltas
y vueltas, la huelo, la contemplo como si fuera lo
más maravilloso del mundo. Es lo más maravilloso del
mundo, digo.
Pienso los años que seguramente ha vivido dentro del
río, y me la imagino brotando del árbol que la
acunó. Veo cuando un día remoto una fuerte ventolera
partió la rama y la arrancó del regazo de su árbol.
Veo el río crecer hasta arrastrarla desde el piso
hasta sus adentros, acunándola nuevamente,
protegiéndola. El río la cuidará de los insectos,
curándola y dejándola envejecer.
Presencio todo este proceso con profunda emoción, y
sé que este pedazo de madera, algún día del pasado,
vino al mundo para mí. Que nació, creció y envejeció
en la cuna de la naturaleza, y hoy me pide que la
haga nacer una vez más, y para siempre.
(Esa noche, frente a la estufa, Pedro trajo
nuevamente a la vida su rama de palma seca. Al
principio la hirió con unos torpes cuchillazos, pero
pronto escuchó la madera, comprendió su secreto y se
dejó guiar por ella en un viaje que duró toda la
noche.
Cuando despertó estaba amaneciendo. De lo que antes
era una alegre fogata sólo asomaban tímidas brasas
entre las cenizas.
Pedro miró sus manos. En la derecha sujetaba el
tosco cuchillo de cocina. A su izquierda lo
observaba brillando, resplandeciente, una antigua
diosa egipcia...
Con el mismo cuchillo de cocina que usó para tallar
la palma, Pedro se enfrentó al coronilla. Lo retuvo
entre sus manos, lo abrazó, y vio millones de
figuras dibujadas en él. Comenzó, de a poco, a darle
forma. No tenía idea de que brotaría esta vez de la
madera).
Clavé mi cuchillo en la madera con cariño pero con
firmeza. El coronilla me dio la bienvenida a su
mundo, haciéndome sentir que me estaba esperando. De
a poco fui penetrando en sus vetas, suavemente, y
pronto me sumergí en su inmensidad. Me sentí volar.
De pronto dejé de ser un convaleciente tallador para
convertirme en un inmenso pájaro, que volaba por el
cielo junto a cientos de aves, surcando los aires y
dominando la tierra desde la grandiosidad del cielo.
Cuando desperté de ese sueño mi señora ya se había
levantado, y tomaba entre sus manos la nueva
creación. Me pasó la talla con admiración, y al fin
pude ver qué había estado haciendo durante las
últimas diez horas. No podía creerlo. Del curtido
coronilla emergió la primer pipa artística de la
Nueva Era, marcando el comienzo de mi nueva vida.
(Pedro es Pedro Ferrizo, el artesano uruguayo
creador de pipas de maderas autóctonas del Uruguay)
Giancarlo Albano
Club de Pipafumadores del Uruguay
http://angelfire.com/folk/cpu
Seres bondadosos o traviesos
que fuman en pipa
Muchos son los duendes, enanos, diablillos,… personajes
todos nacidos de la tradición popular, provenientes de
mitologías diversas, que llegan a nuestros tiempos.
Llegan en muchas ocasiones nuevamente porque ya les
conocimos, incluso, temimos en nuestra infancia.
Son representaciones que aunque dispares en su procedencia
tanto histórica como geográfica, tienen en común su
naturaleza mágica, misteriosa y el perdurar gracias a la
transmisión oral que se pierde en la noche de los tiempos.
Deambulando por nuestro país y acercándonos al norte
encontramos al primero…
EL OLENTZERO U OLENTZARO

Personaje de la tradición
navideña vasca. En versiones más modernas era un carbonero
que vivía en el monte y al que no le gustaban nada los
niños. Cuando bajaba al pueblo a vender el carbón los críos
se escondían de él.
Hoy en día es un personaje
traído a la tradición navideña de las familias vascas.
En el siglo XX la figura de
Olentzaro incorporó elementos de las tradiciones de Papá
Noel -Santa Claus- y de los Reyes Magos, convirtiéndose en
un personaje que el día de Navidad trae regalos a los niños.
En el siglo XXI, este
personaje mantiene su popularidad local. La versión
tradicional lo suele presentar sucio, y fumando en pipa
LEPRECHAUNS
En
una visita a Irlanda será imposible que no oigamos hablar de
estos duendes de la naturaleza llamados Leprechauns.
A modo de pequeños hombres
que aparentan edad avanzada, que van vestidos de verde y se
dedican a sus quehaceres de zapatero, por eso usan la
vestimenta tan peculiar que tienen.
Suelen utilizar un sombrero
verde o rojo, aunque normalmente sus ropas son completamente
verdes, y se les suele asociar al género masculino.
Se supone que
son los guardianes de tesoros ancestrales que los Hijos de
la Diosa Diana, dejaron en Irlanda al marcharse a los
mundos subterráneos de las hadas. Estos tesoros suelen
enterrarlos en marmitas o calderos. Quizás sea por ese afán
de guardar celosamente sus tesoros, por lo que evitan todo
contacto con los seres humanos a los que consideran bastante
tontos.
Son bastante mal educados y
poco dados a hacerse amigos de otros seres que no sean
leprechauns.
Los humanos suelen percatarse
de su presencia por el sonido del martillo de zapatero en
una noche de luna llena. Normalmente cuando consiguen
verlos, es porque están algo borrachos debido a una bebida
muy potente elaborada de manera casera. Pero nunca se
emborrachan tanto como para que el martillo caiga de sus
manos, o que el trabajo con el zapato quede mal hecho.
Inseparables de sus pipas, de
la buena bebida y la juerga.

Cuando son
capturados suelen prometer una buena recompensa a cambio de
que se les deje libres. Mas estos avispados seres llevan
dos bolsas de cuero, en una tienen una moneda de plata
mágica que les devuelve todo el dinero una vez que se han
marchado; en la otra llevan una moneda de oro que, en muchas
ocasiones, les permite escapar de situaciones peligrosas.
Normalmente esta moneda se convierte en hoja de árbol o en
ceniza una vez que el Leprechaun se ha ido.
De todas maneras si le quitas
el ojo un momento de encima, probablemente ya haya
desaparecido al volver a mirar. Por ello se les considera
criaturas con poderes mágicos.
Se pueden encontrar dos
grupos dentro de las familias de los Leprechaun:
-
Los
leprechaun propiamente dichos.
-
Los
Cluricauns que son mucho más traviesos. Viven en las
casas y roban, revolviendo todo lo que pueden. Además se
dedican a cabalgar sobre animales domésticos - perros y
gatos- durante toda la noche.
La figura del Leprechaun, ha
ganado gran popularidad debido a su protagonismo en el Día
de San Patricio, patrono de Irlanda.
Carguemos nuestra pipa y
subamos algo más, hacía tierras más septentrionales, y
encontrémonos con la mitología nórdica y sus elfos, gnomos,
enanos….
ELFOS

Se les denomina
Alfs o Alfr, también llamados "elfos de la luz" Ljosalfr.
Son descritos como seres
bellos y luminosos, seres mágicos, similares a la imagen
literaria de las hadas o las ninfas.
De hecho, la palabra "Sol" en
nórdico era Alfrothul, o Rayo Élfico; se decía que por ello
era mortal para elfos y enanos.
Se habla de dos -incluso
tres- grupos o razas de elfos:
Elfos de la luz,
asociados
con el Bien que eran originarios de Alfheim (Hogar de Elfos,
también llamada Ljösalfheim (Hogar de la Luz Élfica), que
era el reino de Freyr.
Elfos de la
oscuridad,
asociados con el Mal, llamados swartalfr (elfos oscuros),
tan parecidos a la idea actual del ‘enano’ que muchos textos
simplemente los llaman enanos.
Vivían bajo tierra en
Schwarzalbenheim.
GNOMOS
Alrededor del 1200 antes de
Cristo el Sueco Frederic Ugarph encontró una estatua de
madera bien preservada en la casa de un pescador en la
actual Trondheim, en Noruega. La estatua tenía 15
centímetros de alto.
Los descubrimientos de las
estatuas y las ilustraciones datadas han demostrado que el
origen de estos seres es escandinavo. La migración de
pobladores de estas zonas a regiones más meridionales de
Europa hizo que leyendas y estatuillas de estos personajes
mitológicos se incorporaran al patrimonio cultural de otros
pueblos.
El Gnomo está muy ligado a la
naturaleza, flora y fauna, y se le considera como un
guardián de la misma. Cuidando de animales heridos y
protegiendo el bosque, su hábitat.
ENANOS

En las antiguas tradiciones,
los enanos poseían unos poderes similares a los de las Hadas
pero nada de su belleza. Feos y deformes, vivían cientos de
años y eran muy sobrios, responsables y amigos de los
humanos, a menos que alguien hiciera alguna alusión ofensiva
a su pequeña estatura o a su físico desagradable.
Los Enanos eran los
auténticos dueños del subsuelo, expertos mineros capaces de
encontrar los minerales más raros y las piedras preciosas
más extraordinarias.
A ellos recurrían los
caballeros para conseguir espadas con poderes mágicos o
joyas únicas con las que lograr el amor de una doncella.
Se le reconocen al Enano
algunos poderes muy especiales: por ejemplo, puede volverse
invisible gracias a su capa, Tarnkappe o a su sombrero
Tarnhelm. Dispone, además, de anillos, cinturones y otros
objetos mágicos que le ayudan a trasladarse en un instante a
cualquier lugar que desee. Sabe curar enfermedades
valiéndose de los elementos naturales y conoce el futuro.
En 1930, Walt
Disney, llevó al cine el cuento de Blancanieves, escrito por
los hermanos Grimm en 1812 dio un nombre simpático a cada
uno de los siete enanos, pero en la versión original del
cuento no están individualizados. Sin embargo, son siete, ni
más ni menos y el 7 es un número especialmente significativo
si nos referimos a seres dedicados a la minería porque son
siete los metales originales, conocidos desde la más remota
antigüedad: Oro, Plata, Estaño, Cobre, Mercurio, Hierro y
Plomo.
En muchos
lugares enanos y gnomos se funden en una sola familia a
causa de la interpretación de la palabra cuya etimología
significa
conocimiento
y también;
el que vive en la
tierra.
Crucemos el Océano. Carguemos
nuestra pipa de tabaco tipo flake para asegurarnos una
travesía sin necesidad de recargarla y lleguemos al Nuevo
Mundo.
Llegamos a las tierras del
norte, los actuales EE. UU., para comenzar este recorrido.
PTEHINCALASANWI o MUJER BÚFALO
BLANCO

Las leyendas Sioux cuentan
cómo la Mujer Búfalo Blanco, que portaba la Pipa Sagrada,
fundamental en la vida espiritual india, les enseñó todas
las ceremonias.
Cuando los búfalos fueron
exterminados de las llanuras, los chamanes -guías
espirituales- predijeron un tiempo de pobreza y represión
que terminaría cuando la Mujer Búfalo Blanco volviese.
SACI o SACI-PERERÊ
nos llega
desde el cálido Brasil
en forma de entidad fantástica.

Es un negrito con una sola
pierna, que fuma en pipa y lleva una caperuza roja, fuente
de sus poderes mágicos, y que, según la creencia popular, se
divierte asustando al ganado y amedrentando a los viajeros
por los caminos solitarios, en medio a la noche, con sus
largos silbos.
Probablemente no estén todos los que son, pero al menos los
que hemos comentado nos han servido para comprobar cuan
ligada está la pipa, el arte de fumar en pipa, a las
diferentes culturas desde tiempo remotos.
Espero
que hayáis disfrutado de vuestra pipa mientras leíais y
volvíais, por unos instantes, a ser niños.
Dedicado a
Raquel y Verónica.
Pedro
Romero-Auyanet, Canarias
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