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"l'Une fume, l'autre pas" (*)

Tanto en la vida cotidiana como en la gran pantalla, desde la forma de cargarla hasta la manera en cómo se sostiene, o cómo se eliminan las cenizas, el gesto delata al fumador de pipa habitual.

Mi amor por el cine me hace descubrir a los actores que no sólo compartían nuestra afición por exigencias de los guionistas frente a las cámaras. En las décadas de los 30, 40 y 50 fueron numerosos los astros del cine que tenían la costumbre de fumar en pipa y, sin duda, constituye un  divertido ejercicio intentar descubrirlos. Fueron muchos en esa época dorada en que fumar no estaba perseguido por la intolerancia amparada en esas leyes inquisitoriales que quieren culpar al tabaco de todos los males de la humanidad. Los males -hoy leo en la prensa que los conductores que fumen serán severamente sancionados por imprudentes- y sobretodo las enfermedades de las que dicen es causa primordial el tabaco, olvidando hipócritamente otras causas a buen seguro más nocivas, como el anhídrido carbónico que exhalan generosamente los escapes de los vehículos, o el amianto que en forma de venenoso polvillo desprenden los ferodos de los automóviles y queda en suspensión en el aire de nuestras ciudades. (Resulta paradójico que los transportes públicos especialmente los autobuses metropolitanos sean los que contribuyen con mayor generosidad a la contaminación, y
ahí los tenéis tan panchos).

Hoy en día si para evitar hacer propaganda subliminal del tabaco, en la pantalla no se fuman cigarrillos- ¡ah, si Humphrey Bogart levantase la cabeza!-, muchísimo menos se fuma en pipa. De modo que un actor que tenga que interpretar a Sherlock Holmes, pongamos por caso, difícilmente va ha hacernos creer que es capaz de manejar su eterna calabash con cierta propiedad.


Sin embargo, en la época dorada del cine cuando el gran Basil Rathbone daba vida al inmortal inquilino del 221b de Baker Street, el espectador y en especial el espectador pipafumador advertía
inmediatamente que el actor era un verdadero aficionado. Hay testimonios. Robert Peretti de Boston durante largos años suministró al mejor espadachín de Hollywood -que por exigencias del guión debía dejarse vencer frente a oponentes muy inferiores a él en el manejo de la espada-, una mezcla de Burley cuya formula no nos ha sido revelada.
Junto a Rathbone otros muchos fueron pipafumadores en la vida real. El simpático Cary Grant sin ir más lejos, o Gary Cooper. Cooper fue un gran fumador de pipa, baste observarlo en "Tres lanceros bengalíes" (The lifes of a bengal lancer, 1935) de Henry Hathaway, en escena en la que en coronel Stone del 47 de Lanceros le convida junto a Franchot Tone -otro gran actor y aficionado a la pipa- a tomar un whisky y fumar su mezcla personal, un mixtura que según nos dice le preparan en Holborn Street y de la que Cooper opina que contiene demasiada "melaza". En la forma de cargar de Cooper el espectador descubre ese gesto que le confirma como un veterano en el arte de la fumación. ¡Ah
con qué soberana propiedad enciende su billiard!
 

Muchos actores fueron grandes fumadores, Bing Crosby al que todos recordaremos con su apple entre los dientes, Orson Welles, Clark Gable... la lista es muy larga. En la pantalla, fumar en pipa confería a los actores una cierta aura de masculinidad y un aspecto entre campechano y reflexivo -qué hubiese sido Maigret sin su fiel compañera- que imprimía carácter. Otros sin embargo manejaban su pipa como un instrumento ajeno a su entorno cotidiano, al igual que esos
actores que, siempre por exigencias del guión, con un descaro monumental, simulaban tocar el piano cuando no tenían ni idea de lo que era una semicorchea. Hay un ejemplo que ilustra de sobras ambas actitudes frente a la cámara. En la película "Ella" (She, 1935) de Irvin Pichel, basada en la novela del mismo título de H. Rider Haggard  -autor de la célebre novela de aventuras "Las minas del Rey Salomón"-, cuando en la escena final Horace Holly (Nigel Bruce que tantas y
tantas veces dio vida al doctor Watson) y Leo Vincey (Randolph Scott) encienden sus pipas frente a una confortable chimenea. Enseguida advertimos que Bruce fumaba habitualmente, mientras que Scott lo hace porque el guión así lo exigía, basta verle cómo expulsa el humo con aire indeciso.  

Me permito proponeros un juego de adivinanzas: descubrir a los actores pipafumadores; un ejercicio de observación muy entretenido. Establecer entre todos una lista de escenas cinematográficas protagonizadas por la pipa como las que os acabo de recordar. Aunque sé que la cosa puede resultar difícil en una época en el que sólo fuman en pipa los hobbits de "El Señor de los Anillos".
Tendremos pues que remontarnos unos años atrás en la historia del cine en busca de viejos títulos, para descubrirlos, porque además los citados hobbits, según me dicen, ni siquiera fuman tabaco.
 

Jaime Rosal
Vicepresidente del Barcelona Pipa Club



 (*) El título me lo ha sugerido "l'Une chante, l'autre pas" film de la  realizadora francesa Agnes Varda
 

 


 
 
HUMO SAPIENS
por Alfredo Lemon , Córdoba, Argentina ©
 
 
                                               “…de ordinario fumo cuando me siento cerca de mí,
                                                                   o si sufro la aproximación de algún otro, 
                                                                              para velar una misma nada”
                                                                                     Stéphane Mallarmé
 
1
 
Mientras arde el tabaco en la cazoleta,
los pensamientos comienzan su deriva.
 
La aspiración aviva el encendido
y la combustión adensa el peso del mundo.
 
Un aire voluptuoso confunde las respuestas
y envuelve el cansancio ante cualquier pregunta;
 
al exhalar, las espirales ascienden
y las dudas se abren como precipicios;
 
la intuición se hace más aguda,
las urgencias se esfuman lentamente.
 
2
 
Apenas puedo decir estrofas tan frágiles
como los minutos que tengo ante mí.
 
Vuelven los recuerdos
entre las bocanadas que aspiro
y el tabaco que se va quemando.
 
Somos hijos del humo:
humus, huellas, huesos, 
también la tierra alguna vez será ceniza.
 
3
 
Como el tabaco al consumirse,
la vida es breve:
                          danza gris, bruma azul,
el placer se satisface y cada ilusión se desvanece;
 
todo esplendor es vulnerable,
las volutas se vuelven polvo tras el fuego.
 
 
4
 
Penumbra somnolienta, presente.
 
El humo es el alma distanciada del mundo.
El alma es el humo distanciado del ser.
 
Leve revelación;
la nostalgia atardece en el living
y el olvido se esconde en una botella de vodka.
 
Perder la poesía sería perderme: todo.
 
 
5
 
La realidad es una brasa que agoniza,
pliegue moroso, borroso, evanescente.
 
Soplos que fluyen y después se esfuman,
pálidos soplos, furtivos,
Soplos que avivan y apagan
promesas pendientes, deseos incumplidos.
 
 
6
 
El humo seduce con su hipnosis
porque es reflejo –y metáfora-
de nuestra despedida.
 
7
 
Fumar, filosofar:
una niebla enmascara el desorden de las cosas
pero escribir no calma las fatigas del ánimo.
 
 
 
 
8
 
Razón poética, último límite.
 
Con la pipa en la palma de su mano,
solo queda el hombre en su umbral de humo,
el fumador frente al misterio de su propia imagen.
 
                                                         
                                                          9
 
Vagamente vuelve a entrar en la humareda
intentando concluir su divagación:
 
páginas apagándose
en el fuego sombrío del silencio,
en los residuos plomizos del espíritu y la soledad. 
 

 

La primera pipa matutina

 

 

 

 

Bajó la escalera lentamente, casi como suspendido en el aire, para evitar que los escalones de madera crujieran bajo sus pies. Llegó a la cocina y se acercó a la encimera, tomó entre sus manos la vieja cafetera, vetusta pero sabia marmita que lograba que agua y café en polvo se convirtieran en agradable poción que tenía la facultad de resucitar al más irrecuperable dormilón.

 

Prendió el fuego y en ese momento una sombra se unió a él en la cocina. Stoky, su compañero de caminatas, de silencios, de pipa, llegaba junto a su amigo humano y se contentaba con menear la cola y agachar las orejas en espera de unas caricias y unas palabras cariñosas. Sus ojos negros parecían perderse entre la negrura de su pelaje, como dos carboncillos radiantes de vida pero profundos como el mar.

 

El anciano se acercó al mueble que guardaba sus tesoros y abriéndolo extrajo de un cajón, sin dudar, una lata de tabaco y los útiles necesarios para disfrutar de una fumada. Luego alzó la vista y fue recorriendo una a una sus pipas, hasta que se decidió por una. Una hermosa pipa de brezo, con forma indefinida. Parecía que el artesano había dejado volar sus manos sobre las caprichosas líneas de la madera y simplemente se preocupó de que la pipa, como tal, ‘fumara bien’ y de nada más. Era de las primeras freehand que había comprado, huyendo de las formas clásicas, formales, a las que tan aficionado era.

 

El sonido de la cafetera pareció traerle de regreso a la realidad, ensimismado como estaba en la contemplación y elección de la pipa para esta primera fumada del día. Se sirvió un café corto pero contundente y con la taza humeando en una mano y la pipa, tabaco y útiles en la otra, se dirigió al exterior.

 

Todavía era de noche. Pero a lo lejos, hacía el este, el sol comenzaba a pelearse con la oscuridad. Había un agradable olor en el ambiente. Una mezcla de humedad, olor a frutales y huerta y a las rosas que su esposa cuidaba mimosamente.

 

Su cuerpo se desparramó literalmente sobre la mecedora. Colocó utensilios y taza de café sobre la pequeña mesa que estaba a su diestra y terminó de acomodarse.

 

Abrió la bolsa que contenía el tabaco y lentamente fue dejando caer las hebras en el interior de la cazoleta. Stoky miraba, cual crítico piperil, el ritual que se había iniciado y que tantas veces había contemplado, casi compartido, con el anciano.

 

Una suave aspiración para comprobar que la carga era correcta, que nada estaba ‘fuera de sitio’ y el anciano prendió una cerilla, que acercó a la cazoleta, al tabaco, al mismo tiempo que daba cortas pero enérgicas pitadas.

La atmósfera se embriagó del olor de su pipa y lenta y parsimoniosamente el tabaco terminó de prender, suave y homogéneamente. Esta primera degustación en ayunas era insuperable y tras paladear varias veces su pipa, el primer sorbo de café. Negro, fuerte, sin azúcar.

Algunos amigos le recriminaban esta mezcla que decían desvirtuaba el sabor de la fumada, pero a nuestro personaje le sabía a gloria. Con otro segundo sorbo termino el corto café y continúo con el disfrute de la pipa.

 

La oscuridad, cual ciervo que huye de la jauría, se apresuraba a desaparecer y las primeras luces del alba, lejanas en el Este hasta hacía un rato, cada vez se iban acercando más y más deprisa.

El anciano, entre pitada y pitada, aspiraba el olor de la mañana, disfrutada de los sonidos del campo que le rodeada y su mano jugueteaba con los pelos de la cabeza de stoky que embelezado, miraba a ninguna parte.

 

Al fin la luz terminó por golpear los ojos de la pareja de amigos llenándolo todo, pero para entonces la pipa tenia los últimos instantes de una hermosa fumada casi por terminar.

 

Stoky se estiraba perezosamente, el anciano oía como la algarabía de sus nietos y la voz de la abuela, su esposa, comenzaban a vencer al silencio casi místico que le había acompañado desde que dejara la cama, casi una hora antes.

Al fin, giró su pipa y dejo caer en un cacharro de barro la ceniza. Stoky comenzó una digna, lenta pero inteligente huída, antes de que llegaran los nietos, en busca de una zona tranquila de la finca.

 

El viejo se levantó y contempló todo a su alrededor como si realmente fuera ahora cuando estuviera despierto, justo en ese momento los nietos, entre risas y gritos, llegaban junto a él para abrazar al abuelo.

 

A esas alturas, Stoky ya sesteaba a buen recaudo bajo el tractor, y el abuelo había guardado su pipa en el bolsillo de su camisa, lejos de aquella tropa de pequeños bárbaros.

 

 

 

Pedro Romero-Auyanet, -Canarias-

 

 

Tía Sara

Fue tía Sara quien me introdujo en el mundo de la pipa. Ella fuma desde muy joven y ha llegado a dominar el difícil arte de fumar en cachimba. Tiene una buena colección de pipas que guarda en un armarito de cerezo con puertas de cristal colgado en la pared, junto a la chimenea. Le gustan las pipas inglesas. Dice que son, con mucho, las mejores. De entre las inglesas, prefiere las Astley, aunque posee ejemplares de otros reputados artesanos londinenses.

Tía Sara fuma dos pipas cada día, incluso ahora, con setenta y dos años de edad. La primera a las cinco de la tarde, con el té. La costumbre de tomar el té a las cinco y su preferencia por las pipas inglesas le viene de su abuelo, mi bisabuelo, Geoffrey Berkeley, un ingeniero de minas que vino a España en su juventud para dirigir la mina de plata ”Cerro Negro”. Conoció a la bisabuela y se casaron. Cuando la mina se agotó, montó una pequeña industria metalúrgica, especializada en la fabricación de pequeños objetos ornamentales de latón y cobre, que le dio unos resultados magníficos y trajo la prosperidad a la familia durante muchos años.

La segunda pipa del día la fuma tía Sara por la noche, después de cenar. Sentada junto a la chimenea, que en casa se enciende casi todo el año, tía Sara escucha ópera italiana, entre nubes de humo aromático, en su viejo tocadiscos de vinilos que no ha querido cambiar nunca por otro más moderno. Curiosamente, prefiere los tabacos holandeses a los ingleses, a los que encuentra “demasiado sólidos”, sobre todo los que llevan latakia. Aún así, no renuncia a las mixturas inglesas y mezcla estos tabacos con más cuerpo con los aromáticos holandeses, consiguiendo, como suele decir, “el perfecto equilibrio, la armonía de los sentidos”.

Tía Sara hace de sus fumadas una ceremonia casi religiosa. Abre el armarito de las pipas y selecciona con cuidado una de sus cachimbas. En un tarro de cristal tallado, que se trajo de un viaje a Venecia, guarda el tabaco con el grado de humedad perfecto. Setenta y dos por ciento, dice ella. Coloca un montoncito de tabaco en una pequeña bandeja de plata y lo desmenuza cuidadosamente. Después introduce en el hornillo de la pipa diminutos pellizcos de tabaco, “como una lluvia de canela sobre las pastas de vino”. Con el atacador compacta el tabaco con extrema suavidad, como si lo acariciara. Después enciende con un fósforo de madera. Nunca quiso atender mi recomendación de que utilizara los encendedores de gas, mucho más prácticos. El tabaco prendido se levanta y ella vuelve a prensarlo con la misma delicadeza. Enciende otra cerilla y prende definitivamente la pipa. Durante casi dos horas paladea el humo, inmersa en el éxtasis más arrebatador.

Cuando era niño me gustaba ver a tía Sara mientras fumaba. Me explicaba cada paso de su ceremonia, me hablaba de sus pipas, de sus tabacos, de las sensaciones que sentía al fumar. La abuela la reprendía, porque no le gustaba que tía Sara fumara y menos que inculcara en mí su “maldito vicio”. La abuela creía que era por su afición a la pipa por lo que tía Sara no había encontrado marido. Ningún hombre se acercará a ti mientras sigas chupando de esas malditas cosas, le decía, si al menos fumaras cigarrillos como todo el mundo. Pero tía Sara no le prestaba atención cuando le hablaba así. Aspiraba lenta y profundamente de sus cachimbas y exhalaba el humo blanquiazul que se elevaba en volutas hasta el techo, ajena a todo lo que la rodeaba en ese momento.

Tía Sara me regaló mi primera pipa cuando cumplí los dieciocho años. Una Astley, naturalmente. Todos los regalos que me hizo a partir de ese momento estaban relacionados con las pipas: otras pipas, siempre inglesas, estuches para pipas, limpiadores, libros sobre pipas y el arte de fumar, cajas y tarros para conservar el tabaco. Yo mismo adquirí otras cachimbas y, para compensar el extremado apego a lo británico de mi tía, casi siempre eran italianas. Con el tiempo, he conseguido una colección no tan amplia como la de tía Sara, pero sí más variada.

Fernando Avilés Márquez


 

 

 

 

Yo lo supe desde chico

 

 

Yo lo supe desde chico, lo supe desde siempre, que terminaría por fumar en pipa.

Tal vez por la influencia de tanto hombre, de tanto hombre ligado al mar que vivía cerca de mi casa. Les veía llegar de la mar, al tiempo que me daban un pequeño y cariñoso pescozón al pasar, y se dirigían a sus casas después de meses rodeados de horizonte y agua, trabajo y salitre, de nostalgia y deseos de regresar.

 

Pasaban con su petate al hombro y sus pipas curvas en la boca, exhalando el humo de tabaco por la boca y la nariz. Pasaban con la piel de las manos y cara, más curtida, más morena, más cansada que en su viaje anterior.

 

Luego cuando acudía a casa de alguno de mis amigos, cuyo padre trabajaba en la mar, me sentaba y escuchaba, como alelado, sus historias marineras.

Sentado, casi desparramado en un sillón, se enfrentaba a la chiquillería que esperábamos que nos comentara acerca de su último viaje a Sudáfrica, de la pesca en el banco sahariano, en las costas de Terranova, ...

 

Me quedaba alelado, como  los otros, cuando de forma pausada encendía el mechero y lo acercaba a la pipa, aspiraba lentamente y se camuflaba tras la columna de humo que surgía, reposando, pensando, para continuar con la historia.

 

Siempre me maravilló aquel ritual, pensaba que si había algo de misterio en fumar, algo de místico en prender el tabaco, tenía que ser fumándolo en pipa.

 

Les vi así durante años, pegados a sus pipas curvas, cuando regresaban de las ‘mareas’, deseando reencontrarse con sus hijos, con el calor y el deseado olor de sus esposas, con su barrio, con sus amigos y vecinos.

 

Les vi así durante años, cuando comenzó a morir el puerto, pegados a sus pipas. Cuando muchos de ellos quedaron varados en el puerto porque la reconversión de flotas los dejaba en tierra firme, cuando languidecía la actividad de los muelles y no conseguían faena diaria con la que ganar un jornal.

 

Fue en esa época cuando escuche una frase de Antoñito que con el tiempo he llegado a comprender… ‘cada uno llena la cachimba con el tabaco que tiene’. Ciertamente, es así. Hay épocas de bonanza y épocas para ir más ajustado que la sotana de un cura.

 

Pero nunca perdieron su dignidad, pegados a sus pipas curvas, humeantes, cargadas de picadura en meses de bonanza y de mezclas holandesas o inglesas en épocas de faena.

Regresaban a casa con un buen jornal, con regalos para los suyos y los amigos, con algún ave exótica, y con miles de anécdotas que contar en tardes-noches interminables, entre risas, anécdotas y perfumadas con el humo de sus pipas.

 

Lo supe siempre, que la única y verdadera forma de disfrutar de un buen tabaco es en pipa. La calma que requiere el cargarla, la tranquilidad que requiere el fumarla, la satisfacción que produce el acabarla hasta el final, hasta la última brizna de tabaco, no se puede comparar con nada más.

 

Ahora, en la distancia, vuelvo a recordar muchas de aquellas tardes-noches y sonrío, mientras enciendo una pipa, cargada según la época con ‘el tabaco que tengo’.

 

Sea este un sencillo recuerdo a ese barrio marinero donde crecí… La Isleta.

 

 

Pedro Romero-Auyanet  ( Canarias )

 

 


Pipas de la nueva era

En el camino de vuelta a casa una intensa emoción brota por mis poros, inunda mi alma y embota mi mente. El sol se está poniendo en el horizonte. Camino hacia él ya que hacia el Oeste está mi casa. Los rayos cálidos y luminosos de este sol poniente me pintan todo de naranja. Me siento brillar mientras mis pies, descalzos, abrazan esta hierba verde y fresca. A mi lado camina el agua contemplando mi alegría, cuando de repente piso algo duro que me lastima. 
Un pedazo de madera seca, de palma, curtida por el agua y el tiempo. 
La tomo entre mis manos, la acaricio, la doy vueltas y vueltas, la huelo, la contemplo como si fuera lo más maravilloso del mundo. Es lo más maravilloso del mundo, digo. 
Pienso los años que seguramente ha vivido dentro del río, y me la imagino brotando del árbol que la acunó. Veo cuando un día remoto una fuerte ventolera partió la rama y la arrancó del regazo de su árbol. Veo el río crecer hasta arrastrarla desde el piso hasta sus adentros, acunándola nuevamente, protegiéndola. El río la cuidará de los insectos, curándola y dejándola envejecer. 
Presencio todo este proceso con profunda emoción, y sé que este pedazo de madera, algún día del pasado, vino al mundo para mí. Que nació, creció y envejeció en la cuna de la naturaleza, y hoy me pide que la haga nacer una vez más, y para siempre. 
 
(Esa noche, frente a la estufa, Pedro trajo nuevamente a la vida su rama de palma seca. Al principio la hirió con unos torpes cuchillazos, pero pronto escuchó la madera, comprendió su secreto y se dejó guiar por ella en un viaje que duró toda la noche.  
Cuando despertó estaba amaneciendo. De lo que antes era una alegre fogata sólo asomaban tímidas brasas entre las cenizas.  
Pedro miró sus manos. En la derecha sujetaba el tosco cuchillo de cocina. A su izquierda lo observaba brillando, resplandeciente, una antigua diosa egipcia... 
Con el mismo cuchillo de cocina que usó para tallar la palma, Pedro se enfrentó al coronilla. Lo retuvo entre sus manos, lo abrazó, y vio millones de figuras dibujadas en él. Comenzó, de a poco, a darle forma. No tenía idea de que brotaría esta vez de la madera). 
 
Clavé mi cuchillo en la madera con cariño pero con firmeza. El coronilla me dio la bienvenida a su mundo, haciéndome sentir que me estaba esperando. De a poco fui penetrando en sus vetas, suavemente, y pronto me sumergí en su inmensidad. Me sentí volar. De pronto dejé de ser un convaleciente tallador para convertirme en un inmenso pájaro, que volaba por el cielo junto a cientos de aves, surcando los aires y dominando la tierra desde la grandiosidad del cielo.  
 

Cuando desperté de ese sueño mi señora ya se había levantado, y tomaba entre sus manos la nueva creación. Me pasó la talla con admiración, y al fin pude ver qué había estado haciendo durante las últimas diez horas. No podía creerlo. Del curtido coronilla emergió la primer pipa artística de la Nueva Era, marcando el comienzo de mi nueva vida. 
 
(Pedro es Pedro Ferrizo, el artesano uruguayo creador de pipas de maderas autóctonas del Uruguay) 
 

Giancarlo Albano
Club de Pipafumadores del Uruguay


http://angelfire.com/folk/cpu 

 


Seres bondadosos o traviesos
que fuman en pipa

Muchos son los duendes, enanos, diablillos,… personajes todos nacidos de la tradición popular, provenientes de mitologías diversas, que llegan a nuestros tiempos.

Llegan en muchas ocasiones nuevamente porque ya les conocimos, incluso, temimos en nuestra infancia. 

Son representaciones que aunque dispares en su procedencia tanto histórica como geográfica, tienen en común su naturaleza mágica, misteriosa y el perdurar gracias a la transmisión oral que se pierde en la noche de los tiempos. 

Deambulando por nuestro país y acercándonos al norte encontramos al primero…

 

 

EL OLENTZERO U OLENTZARO

Personaje de la tradición navideña vasca. En versiones más modernas era un carbonero que vivía en el monte y al que no le gustaban nada los niños. Cuando bajaba al pueblo a vender el carbón los críos se escondían de él. 

Hoy en día es un personaje traído a la tradición navideña de las familias vascas. 

En el siglo XX la figura de Olentzaro incorporó elementos de las tradiciones de Papá Noel -Santa Claus- y de los Reyes Magos, convirtiéndose en un personaje que el día de Navidad trae regalos a los niños.  

En el siglo XXI, este personaje mantiene su popularidad local. La versión tradicional lo suele presentar sucio, y fumando en pipa

 

 

LEPRECHAUNS

En una visita a Irlanda será imposible que no oigamos hablar de estos duendes de la naturaleza llamados Leprechauns.  

A modo de pequeños hombres que aparentan edad avanzada, que van vestidos de verde y se dedican a sus quehaceres de zapatero, por eso usan la vestimenta tan peculiar que tienen.  

Suelen utilizar un sombrero verde o rojo, aunque normalmente sus ropas son completamente verdes, y se les suele asociar al género masculino.  

Se supone que son los guardianes de tesoros ancestrales que los Hijos de la Diosa Diana, dejaron  en Irlanda al marcharse a los mundos subterráneos de las hadas. Estos tesoros suelen enterrarlos en marmitas o calderos. Quizás sea por ese afán de guardar celosamente sus tesoros, por lo que evitan todo contacto con los seres humanos a los que consideran bastante tontos.

Son bastante mal educados y poco dados a hacerse amigos de otros seres que no sean leprechauns. 

Los humanos suelen percatarse de su presencia por el sonido del martillo de zapatero en una noche de luna llena. Normalmente cuando consiguen verlos, es porque están algo borrachos debido a una bebida muy potente elaborada de manera casera. Pero nunca se emborrachan tanto como para que el martillo caiga de sus manos, o que el trabajo con el zapato quede mal hecho.  

Inseparables de sus pipas, de la buena bebida y la juerga. 

Cuando son capturados suelen prometer una buena recompensa a cambio de que se les  deje libres. Mas estos avispados seres llevan dos bolsas de cuero, en una tienen una moneda de plata mágica que les devuelve todo el dinero una vez que se han marchado; en la otra llevan una moneda de oro que, en muchas ocasiones, les permite escapar de situaciones peligrosas. Normalmente esta moneda se convierte en hoja de árbol o en ceniza una vez que el Leprechaun se ha ido.  

De todas maneras si le quitas el ojo un momento de encima, probablemente ya haya desaparecido al volver a mirar. Por ello se les considera criaturas con poderes mágicos. 

Se pueden encontrar dos grupos dentro de las familias de los Leprechaun:  

  • Los leprechaun propiamente dichos.

 

  • Los Cluricauns que son mucho más traviesos. Viven en las casas y roban, revolviendo todo lo que pueden. Además se dedican a cabalgar sobre animales domésticos - perros y gatos- durante toda la noche.

La figura del Leprechaun, ha ganado gran popularidad debido a su protagonismo en el Día de San Patricio, patrono de Irlanda. 

Carguemos nuestra pipa y subamos algo más, hacía tierras más septentrionales, y encontrémonos con la mitología nórdica y sus elfos, gnomos, enanos….

 

ELFOS 

Se les denomina Alfs o Alfr, también llamados "elfos de la luz" Ljosalfr.

Son descritos como seres bellos y luminosos, seres mágicos, similares a la imagen literaria de las hadas o las ninfas.  

De hecho, la palabra "Sol" en nórdico era Alfrothul, o Rayo Élfico; se decía que por ello era mortal para elfos y enanos. 

Se habla de dos -incluso tres- grupos o razas de elfos: 

Elfos de la luz, asociados con el Bien que eran originarios de Alfheim (Hogar de Elfos, también llamada Ljösalfheim (Hogar de la Luz Élfica), que era el reino de Freyr. 

Elfos de la oscuridad, asociados con el Mal, llamados swartalfr (elfos oscuros), tan parecidos a la idea actual del ‘enano’ que muchos textos simplemente los llaman enanos.

Vivían bajo tierra en Schwarzalbenheim.

  

GNOMOS

Alrededor del 1200 antes de Cristo el Sueco Frederic Ugarph encontró una estatua de madera bien preservada en la casa de un pescador en la actual Trondheim, en Noruega. La estatua tenía 15 centímetros de alto.

 

Los descubrimientos de las estatuas y las ilustraciones datadas han demostrado que el origen de estos seres es escandinavo. La migración de pobladores de estas zonas a regiones más meridionales de Europa hizo que leyendas y estatuillas de estos personajes mitológicos se incorporaran al patrimonio cultural de otros pueblos.

El Gnomo está muy ligado a la naturaleza, flora y fauna, y se le considera como un guardián de la misma. Cuidando de animales heridos y protegiendo el bosque, su hábitat.

 

ENANOS

En las antiguas tradiciones, los enanos poseían unos poderes similares a los de las Hadas pero nada de su belleza. Feos y deformes, vivían cientos de años y eran muy sobrios, responsables y amigos de los humanos, a menos que alguien hiciera alguna alusión ofensiva a su pequeña estatura o a su físico desagradable. 

Los Enanos eran los auténticos dueños del subsuelo, expertos mineros capaces de encontrar los minerales más raros y las piedras preciosas más extraordinarias.

A ellos recurrían los caballeros para conseguir espadas con poderes mágicos o joyas únicas con las que lograr el amor de una doncella. 

Se le reconocen al Enano algunos poderes muy especiales: por ejemplo, puede volverse invisible gracias a su capa, Tarnkappe o a su sombrero Tarnhelm. Dispone, además, de anillos, cinturones y otros objetos mágicos que le ayudan a trasladarse en un instante a cualquier lugar que desee. Sabe curar enfermedades valiéndose de los elementos naturales y conoce el futuro. 

En 1930, Walt Disney, llevó al cine el cuento de Blancanieves, escrito por los hermanos Grimm  en 1812 dio un nombre simpático a cada uno de los siete enanos, pero en la versión original del cuento no están individualizados. Sin embargo, son siete, ni más ni menos y el 7 es un número especialmente significativo si nos referimos a seres dedicados a la minería porque son siete los metales originales, conocidos desde la más remota antigüedad: Oro, Plata, Estaño, Cobre, Mercurio, Hierro y Plomo. 

En muchos lugares enanos y gnomos se funden en una sola familia a causa de la interpretación de la palabra cuya etimología significa conocimiento y también; el que vive en la tierra. 

Crucemos el Océano. Carguemos nuestra pipa de tabaco tipo flake para asegurarnos una travesía sin necesidad de recargarla y lleguemos al Nuevo Mundo. 

Llegamos a las tierras del norte, los actuales EE. UU., para comenzar este recorrido.

 

 

PTEHINCALASANWI o MUJER BÚFALO BLANCO

 

Las leyendas Sioux cuentan cómo la Mujer Búfalo Blanco, que portaba la Pipa Sagrada, fundamental en la vida espiritual india, les enseñó todas las ceremonias.  

Cuando los búfalos fueron exterminados de las llanuras, los chamanes -guías espirituales- predijeron un tiempo de pobreza y represión que terminaría cuando la Mujer Búfalo Blanco volviese.  

 

SACI o SACI-PERERÊ nos llega desde el cálido Brasil
en forma de entidad fantástica.

 

Es un negrito con una sola pierna, que fuma en pipa y lleva una caperuza roja, fuente de sus poderes mágicos, y que, según la creencia popular, se divierte asustando al ganado y amedrentando a los viajeros por los caminos solitarios, en medio a la noche, con sus largos silbos. 

Probablemente no estén todos los que son, pero al menos los que hemos comentado nos han servido para comprobar cuan ligada está la pipa, el arte de fumar en pipa, a las diferentes culturas desde tiempo remotos.

 

Espero que hayáis disfrutado de vuestra pipa mientras leíais y volvíais, por unos instantes, a ser niños.

 

Dedicado a Raquel y Verónica.

Pedro Romero-Auyanet, Canarias 

 

 

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