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Tradiciones
piperas
"Sin duda el fumar perjudica la salud",
actualmente parece indispensable empezar cualquier comentario
sobre el tabaco con estas palabras u otras parecidas, incluso
los que se hacen mientras se está fumando y en algunos casos
con la bata médica puesta. Haciendo esto a modo de "mea
culpa" pero sin ningún recato en generalizar, pese a que
entre nosotros conviven fumadores ancianos a los que no se les
notan más achaques que a los que no fuman, pero en cambio se
les ve el placer con que saborean las labores que les venden
unos honrados estanqueros, recaudadores pasivos de impuestos.
Dicho esto voy a continuar hablando de las pipas sin
incorporarme a los del "Sin duda el fumar..." si
tuviera esta certeza no seguiría fumando ni escribiendo sobre
el tema.
Mas
como resulta ingrato remar siempre contracorriente,
actualmente publico poco, e incluso a veces me planteo
dejarlo, pero luego, sin buscarlo, me encuentro con la
presencia de la pipa continuamente, no me refiero a las que
fumo o a las que pueda hacer, sino a las noticias que
encuentro en los medios de difusión o me brindan mis
allegados, por ejemplo la de este veterano fumador de pipa,
amante del ciclismo, Teófilo García, apodado "El
Pipas" que a sus noventa años sigue pipando y montando
en bicicleta, a quien la Federación Vizcaína de Ciclismo,
rindió no hace mucho un merecido homenaje; la muy comentada
venta del cuadro de Picasso "El muchacho de la pipa"
o, siguiendo con la pintura, le exposición en Palma -Fundació
La Caixa- de la colección de "Art realista català"
reunida por nuestro admirado Pau Casals (1876-1973) una magnífica
muestra que sirve de homenaje al gran músico, en el que
aparece destacada la pipa, en las fotografías y en el montaje
fílmico que complementa la muestra.
También
complace encontrar la conjunción pintura pipa en algún
cuadro del recién inaugurado museo palmesano Esbaluart,
figurando la pipa en uno de los cuadros seleccionados para
ilustrar el folleto guía, que se ofrece a los visitantes, el
titulado "Guardián núm. 3" de Robert Motherwell.
Algunas
veces ya hemos comentado que antiguamente, en Palma de
Mallorca, uno de los actos especiales de la festividad de san Antonio Abat (17 de enero), consistía en
que los niños,
mientras paseaban jubilosos por la fiesta, lo hacían fumando
cáscaras de cacao en pipas de barro, Ahora, insistiendo en
esto de que la pipa se me aparece sin buscarlo, uno de mis
hijos acaba de enterarme de algo que ha encontrado en Internet
referente a una costumbre parecida, la que disfrutaban sin
complejos, los niños catalanes de Arenys de Mar, fumando el
cacao en unas pipas hechas por ellos mismos con conchas de
caracoles marítimos, haciendo esto el día de "La Puríssima"
(8 de enero) festividad a la que daban en nombre de "Festa
de la Mare de Deu Fumadora".
Otra Virgen relacionada con la pipa, aun que sea de un
modo tangencial, de la que tuve noticia gracias a un librillo,
obsequio de un amigo, es la que se guarda en el Santuario de
Nuestra Señora del Brezo, ubicado en las montañas de León.
Opina el amigo Olegario, que trajo el libro, que esta podría
ser una buena patrona de los fumadores de pipa creyentes.

¿Pipas
pluma ?
Acabo de recibir una carta del amigo Francisco Duque,
amante de las pipas i editor de la publicación pipera FUM, en
la que, después de informarme ampliamente sobro el XVIII
Campeonato de España, que se celebrará el 26 de septiembre
en Sant Cugat, muestra su interés por una pipa determinada,
haciéndolo con estas palabras: ...Hace algunos años que
me interesaría conseguir una de sus famosas pipas de pasta de
madera...
Esta
manifestación me ha sorprendido mucho porque jamás hice
pipas de pasta de madera. He pensado detenidamente en el
motivo de la suposición del amigo Duque, llegando a presumir
que las pipas que pudieron motivar su confusión fueran tal
vez las que
hicimos en nuestro taller, hace muchos años, a las que
denominábamos "pluma" por lo ligeras que eran,
ajustándose así a lo que buscábamos en ellas.
El
procedimiento seguido para hacerlas formaba parte entonces, y
en él ha figurado hasta
este momento, del librillo que tiene cada maestrillo, teniéndolo
todos los artesanos tan celosamente guardado. Mas ahora,
deseoso de dejar constancia de aquella producción, recojo y
os transmito los apuntes que figuraban en nuestro librillo
particular sobre la "plumas", por si pueden
ser de alguna utilidad a los artesanos y hobbystas
piperos, en ellos puede leerse lo siguiente:
Para hacer estas pipas, las "pluma", debe
usarse una madera ligera - la más liviana que hemos
encontrado es la de balsa, que se usa para hacer maquetas-
esta madera, como todas las procedentes de troncos y a
diferencia de la de brezo que es de cepa, al tener distinta
textura en su fibra que en su corte, no permite un acabado
homogéneo de la superficie de la cazoleta impidiendo darle un
acabado absolutamente satisfactorio, tanto en liso como en
grabado. Para superar este inconveniente lo más práctico es
granularlas al fuego, para ello resulta muy útil recurrir al
empleo de un punzón eléctrico candente -nosotros al
principio lo hacíamos alternando una serie de punzones
grabados, largos con mango de madera, que calentábamos en un
fogón de carbón- una vez efectuada esta labor, se cepilla
fuertemente con un cepillo de esparto, se tiñe del color
deseado con anilina al alcohol, se le da una capa de laca de
nitrocelulosa y, una vez seca, con un punzón muy fino hecho
con una aguja de coser sujeta a un mango, se atraviesa la capa
celulósica, en machísimos sitios de la cazoleta,
para evitar que esta se levante al calentarse.
Finalmente
-éste puede ser el motivo del malentendido del amigo
de Sant Cugat- se recubren
las paredes del agujero del hornillo con una mezcla
refrigerante compuesta por goma arábiga y escayola. Para
hacerlo procederemos de la manera siguiente: Debemos usar goma
arábiga líquida, que puede comprarse en las papelerías,
esta debe aclararse con tres partes más de agua. La escayola
a emplear es la que se vende en las farmacias para enyesados.
Para aplicarla debemos mezclar pequeñas cantidades, porque la
pasta resultante solidificaba rápidamente, cada mixtura da
solamente para cuatro o cinco pipas, a las que aplicaremos dos
capas, usando para ello un pincel de los más finos. Una vez
seca la pasta, con la ayuda de un papel de lija fino, se hace
coincidir la parte superior de la misma con el borde de la
madera. Finalmente, con la broca correspondiente, destaparemos
el orificio del caño, que suele quedar obstruido.
El
que la madera fuera blanda se notaba demasiado al marcar las
pipas, por lo que optamos por incrustar una plaquita de
aluminio donde debíamos marcar y así el inconveniente se
convertía en una originalidad complementaria.
También
las hicimos con el agujero negro.

Tomás
Morell
T
Siento volver a hablaros de "fumerals" pero
la realidad se impone obligándome a comentar que
recientemente ha fallecido un pipador extraordinario, Tomás
Morell Marqués, un colaborador formidable sin el cual no se
habría inaugurado la Pipa de la Paz. Fue Morell -ingeniero
industrial, director de los Ferrocarriles de Mallorca- quien
proyectó y dirigió la instalación de las mil mangueras que
iban de la monumental narguile a las sillas que la rodeaban,
un montaje perfecto que evitó probables enredos que gracias a
él no llegaron a producirse.
Mi
"fumeral" particular le he efectuado junto a una
pieza escultural depositada por Tomás en el patio de nuestra casa, una especie de monumento
a las pipas que se produjo de la manera siguiente: Un buen día
sonó el teléfono, era el amigo Morell que me indicaba que
fuera enseguida a la estación de Palma con una pipa de las
que más apreciara. El motivo de la urgencia era que iban a
moldear un tope de ferrocarril de hormigón y podíamos
encallar en él una pipa de cada uno, haciéndolo hasta la
mitad, para retirarlas una vez secara la masa quedando su
huella en la misma. Así lo hicimos y allí quedaron como
testimonio de nuestra amistad y el aprecio de ambos a las
pipas. Años después, al tener que retirar el tope, Tomás
hizo que cortaran la parte que contenía las pipas -el bloque
voluminoso y pesado que tenemos en casa.
Como podréis comprobar a continuación algunas de las
respuestas que dio a nuestras preguntas pera la revista PIPAS
y su sección
"Nuestro personaje" reflejaban bastante el carácter
sincero y práctico de nuestro amigo:
¿Cuantas
pipas tienes entre las que tu has hecho y las demás? -Tomás
hizo algunas pipas muy bien realizadas.
No
lo sé muchas, entre las que compro y las que me regalan,
muchas.
¿Cuantas
fumas diariamente?
Dos
o tres, algún día no fumo ninguna y otro día fumo cinco , nunca ha
sido una cosa matemática.
¿Tienes
alguna mezcla predilecta?
Las
mezclas nunca me han salido bien, fumo tal como viene en la
lata o en el paquete y variando.
¿Quitas
los filtros?
Inmediatamente.
¿Como
prefieres las pipas?
Grandes,
porque como cuesta cargarlas, si quieres hacerlo debidamente,
así dura más.
¿Curvadas
o rectas?
Según,
hay días que me van mejor las curvadas y hay días que me van
mejor las rectas.
¿Te
parece que esto del fumar en pipa habrá influido en tu carácter?
¿En el tiempo que llevas de pipador has notado algo?
No,
no creo haber mejorado nada.
¿Influye
la pipa en facilitar el contacto entre los pipadores?
Yo,
amigo mío he leído y escuchado esto de que dos personas que
fuman en pipa... dentro de un aeropuerto, es motivo de...
nunca, nunca, e ha sucedido y mira que he encontrado gente
fumando en pipa, los miras, te miran, pero en mi caso a lo
sumo se ha quedado en un intercambio de miradas, y mira que he
ido muchas veces a mochos sitios. Recuerdo que una noche debía
ir de Madrid a Oviedo y me paré a cenar en una cafetería de
Chamartín esperando el tren, en la mesa de al lado había
otro fumador de pipa, entonces hice algún gesto para ver si
iniciábamos
la conversación, pero "Tua Deu", apagó
la pipa y se fue.

Culpable
A veces, ante las persistentes campañas antitabaco,
casi he llegado a sentirme culpable por haber dedicado mi vida
a las pipas y su entorno, con lo que podré haber ayudado a
aumentar el número de "fumadores pasivos". Últimamente
se ha incrementado mi sentido de probable culpabilidad con la
constatación que mis actividades no se han quedado solo en
esto de los "fumadores pasivos", también habré
participado en fomentar otro nuevo colectivo reprobable, el de
los "machistas pasivos", en el que debemos ocupar un
lugar destacado los pipistas, puesto que la pipa ha resultado
ser - porque así lo han querido las féminas- uno de los únicos
reductos varoniles no invadido por la moda "unisex",
ya que en nuestro país, con pocas excepciones, confirmadoras
de la regla, como la de la recien fallecida Marisa Landi y las
participantes en concursos piperos, las mujeres no suelen
fumar en pipa públicamente.
Esto se refleja, muy mucho, en las narraciones,
ocurrencias y cuentos que figuran en mis libros en los que muy
pocos han tenido protagonistas femeninos.
Por si esto fuera poco auto analizando mi conducta,
acabo de añadir otro sentimiento de culpabilidad a mi actuación
pipera, este referente al rechazable "racismo
pasivo", presente en mi opúsculo "La pipa en
Baleares" de
la colección "Panorama Balear" -Lluís Ripoll -
Editor (1980) en el que figura una leyenda menorquina, muy
conocida entre los fumadores de pipa de la entrañable isla
mediterránea, la que se refiere a los Cuernos de yesca,
de la que Francec d'Albranca hablaba así en 1909:
"Los segadores descolgaban su pipa, que llevaban
colgada por su caño de mimbre a la cinta del sombrero;
tiraban de su bolsa de piel de gato, donde iba el tabaco de pota
del que llenaban su pipa ; sacaban su cuerno de la yesca de gamón y, sobre la pipa llena, depositaban dicho polvo, fácilmente
inflamable, hasta formar un montón y golpeando después, con
el xispero, el pedernal, hacían saltar chispas hasta que una
encendía la yesca.
"La pipa, el caño y la bolsa no solían destacar
por su limpieza. ¡Pero el cuerno de la yesca...! ¿Quien podía
lo llevaba más manejable, airoso, bello y lustroso! Y si
alguno llevaba escrito en él, con rayas y puntos, el cuento y
romance de "moros y cristianos" (que únicamente
he visto escrito en los cuernos de yesca) para mi aquel
jornalero era un sabio y se quedaba con todas mis simpatías
de adolescente.
Pues sí; algún que otro de los jornaleros, llevaba en
su cuerno escrito longitudinalmente este renglón de tajos y
puntos, hechos con un cuchillo: esto no es una filigrana, ni
una contraseña, ni una lista de jornales a cobrar; esto es el
romance de moros y cristianos que se cuenta de esta
manera:

Eran treinta marineros (quince moros y quince
cristianos), que iban de viaje por el mar. El mal tiempo y la
falta de viento hizo que pasaran días y más días lejos de
puerto, acabándoseles las provisiones. Antes de morir todos
de hambre, el patrón, que era moro, decidió tirar al mar la
mitad de los marineros, encargando a su segundo, que era
cristiano viejo, que los pusiera en fila
y contara por orden de uno en uno y a los que
correspondiera el nueve fuesen tirados al mar, hasta haber
tirado a quince de ellos.
El segundo de abordo, hombre astuto y muy versado en
cuentas, hizo colocar a los treinta marineros en la disposición
que señala el gráfico, que he trascrito de la auténtica, de
un cuerno de yesca, señalando que las rayas o tajos son los
cristianos y los puntos los moros, comenzando por la izquierda
de quien mira, fueron contando de nueve en nueve, tirando al
mar el noveno; el dieciochoavo y el veintisieteavo en la
primera pasada: contando siempre de nueve en nueve, a la
segunda pasada cayeron el sexto, el dieciseisavo... y contando
y tirando el noveno al mar, a la sexta pasada hubo quince
hombres al agua y los quince moros.
Examínese
el jeroglífico epigráfico, que va copiado, y se vera que la
cuenta es clara; cuenta que gráficamente resulta fácil; pero
por ser una ocurrencia, supone, ¡ya lo dicen los jornaleros!
“ Una bona cabeça”.
Afortunadamente
alivia mucho mi conciencia el haber hecho la monumental
Pipa de la Paz, una especie de narguilé árabe, en la que
fumaron mil personas de ambos sexos, entre ellos, incluso, algún
que otro "fumador pasivo"

Versión
castellana
Los amigos de "BARCELONA PIPA CLUB / ON LINE me
ofrecieron su revista informática, para que hablara en ella de pipas -en castellano-. Por su
parte los de la revista de cine "BLANC I NEGRE +
CURT" me pidieron que escribiera algunos artículos para
su publicación -en catalán-
Ahora redacto lo siguiente para cumplir a un tiempo con
unos y otros. Para hacerlo, nada mejor que referirme a una película
en la que figure la pipa, de estas hay muchas, sobre todo en
las de tema policíaco . En la película elegida la pipa tiene
una presencia fundamental. Se trata de una producción británica,
adaptación de una novela de Agatha Christie's, con guión de
Anthony Shaffer, la titulada "MUERTE BAJO EL SOL" .
Dirigida por Gus Hamilton, en la que, para simular Tiranía
-un país imaginario- sus exteriores se rodaron en Mallorca,
donde el fotógrafo Christopher Challis supo sacar unos
resultados notables, captando con gran acierto las bellezas de
la costa mallorquina, destacando las transparencias y colores
de sus aguas.
Con
una buena interpretación de Peter Ustinof , quien, como suele
suceder tantas veces cuando actúa este actor, destaca por
encima del resto del reparto, en el que figuran buenos intérpretes
como: James Mason, Jane Birkin, Coliu Blakely y otros,
quienes, en esta ocasión, no aspiraban a conseguir ningún
Oscar, como tampoco la hacia la película, ni siquiera por su
banda musical, pese a ser, esta obra, del excelente Col
Porter, con una música muy superior a la categoría de la
pipa -bien barnizada, eso sí- que juega un papel muy
importante en el desenlace de la obra, donde esta pieza
resulta primordial, ya que... ¡Alto! iba a decir el porque y
esto de adelantar el final todos sabemos que no debe hacerse
nunca, por lo tanto no voy a hablar de ello, por si alguno de
los lectores llega a ver esta película
de los años ochenta del pasado siglo.
Desde
entonces -supongo- Peter Ustinof, admirado actor y
gran benefactor de los niños, que fue presidente de la
UNICEF, se convirtió en visitante habitual de Mallorca.

Fumada
de "Sant Honorat"
Con el patrocinio de Mac Baren y el acierto a que nos
tiene acostumbrados el veterano club: Pipers d'Algaiada, se
celebró la XXIV Fumada Lenta en Pipa de Sant Honorat
-Algaida 2004- El concurso tuvo lugar en Ca'l Dimoni,
un retaurante muy popular en Mallorca, en el que el Demonio
que preside su comedor fuma en pipa, una pipa hecha por quién
ahora os habla de ella.
Una
vez más el maestro Baltasar Marqués "Moisés"
volvió a demostrar su habilidad pipadora alargando su fumada
hasta que otro excampeón de España, Juan Pallarés, después
de más de hora y media de fumar, agotara su tabaco, momento
en que el campeón tuvo la gentileza de apagar, porque se había
hecho tarde, debían entregarse los trofeos y cerrar el acto,
entonces, al vaciar su pipa,
pudimos comprobar que quedaba tabaco para rato.
En
Ca'l Dimoni, el Maligno que luce su pipa en el comedor no es
el único Diablo de la casa, desde hace años otra figura diabólica,
del tamaño de un hombre de estatura mediana, plantada a la
entrada del establecimiento, da la bienvenida a los clientes,
sustituyendo en este cometido al anterior, de carne y hueso,
que inicialmente recibía a los visitantes moviéndose con satánicos
brincos, fingiendo amenazas con un voluminoso tronco que aun
esgrime su inmóvil suplente.
La
simpatía y habilidad de quien representaba aquel personaje
inolvidable, un artesano muy conocido en el pueblo, alcanzó
una gran popularidad entre los mallorquines y turistas que venían
a la isla. Cuentan que en cierta ocasión en que uno de estos
visitantes al repetir visita a Mallorca en compañía de unos
compatriotas, llevó estos a conocer el Dimoni d'Algaida.
Comoquiera que al llegar al restaurante se encontró con que
aquel diablo no estaba en el sitio acostumbrado, con la lógica
decepción preguntó por él, obteniendo una explicación
sorprendente: El Dimoni no está porque se ha ido a misa.
Luego volverá.
Curiosamente, por lo que nos contaron, en la actualidad
no hay ningún algaidí que lleve el nombre del que fue Abat
de Lérins y Obispo de Arles San Honorato (Sant Honorat) lo
que sí puede que queden son algunos descendientes de otros
provenzanos que en el siglo XIII se establecieron en Mallorca,
cabiendo la posibilidad que alguno de los que piparon
en Algaida fuera uno de ellos.

Sangre
No podía decirse que Pablo y Ana formaran una buena
pareja. El era algo sombrío, de cadera afeminada, cara
redonda, algo rosada, con poca barba sin llagar a barbilampiño,
cabellos cortos y bien peinados, ojos abultados e inexpresivos
que no miraban nunca a sus interlocutores, a los que hablaba
con voz gangosa. Su boca con unos labios voluminosos y muy
colorados, por poco que se abriera
dejaba ver el brillo de un clavo forrado en oro que le
hacia aparentar una extraña sonrisa, casi nunca real debido a
su carácter introvertido. Tal vez -no lo se- fuera aquel clavo el motivo de su aliento
hediondo, al que llamar alitosis resultaría una especia de
eufemismo. Poco adicto al ejercicio se fatigaba con facilidad
y por nada que el calor apretara se ponía sudoroso,
por lo que debía secarse sin cesar el sudor de la frente, el
de los sobacos lo recibía directamente su chaqueta, mostrándolo
ostensiblemente delimitado por una raya blanquecina..
Ella
en cambio, daba gozo contemplarla, algo más alta que su
marido, lucía un cuerpo esbelto y una cara agraciada, con una
simpatía innata que se reflejaba en el mirar expresivo de sus
bellos ojos y el tono melodioso que alegraba su conversación.
Pablo
se sentía plenamente satisfecho con su mujer y se complacía
comprobando las miradas de admiración e incluso de envidia
que provocaba. Parecía un crío con zapatos nuevos. En su
caso más apropiado seria decir un niño con juguetes nuevos,
puesto que su pasión eran los juguetes, hasta el punto que
aun conservaba los que le habían regalado en su niñez y, de
tanto en tanto, solía entrar a la habitación donde los
guardaba, maravillosamente bien conservados, tan nuevos y
relucientes que daban la impresión de no haber sido usados
nunca. No en vano su mamaíta solía decir: Da gusto
comprarle juguetes porque sabe conservarlos como nadie.
Allá en su cuarto, se pasaba horas y horas gozando con la
contemplación de los juguetes. De pequeño los usaba para dar
envidia a los demás niños, enseñándoselos pero sin dejar
que nadie los tocara. En cierta ocasión en la que un primo
suyo se atrevió a dar cuerda a un tobogán, por el que se
deslizaba una pequeña bola que retornaba automáticamente al
sitio de salida, estuvo a punto de producirse un suceso
terrible. Pablo sufrió una especie de ataque de nervios que
podría haber tenido consecuencias irreparables. Una extraña
furia se apoderó de él y, sin saber lo que hacía, cogió un
martillo con el que embistió al atrevido pariente, siendo un
milagro que aquel niño, cogido, como estaba, por el cuello,
pudiera esquivar el martillazo, de todos modos no pudo
evitarlo del todo, puesto que una rozadura le hizo una herida
en la cabeza de la que brotó mucha sangre y, como sea que la
sangre es muy inquietante todos se alarmaron excepto Pabilito,
a quien aquella sangre roja regando el juguete del mismo color
pareció complacerle . Consideró entonces que aquella era una
buena forma de pagar una falta y la visión de la sangre iba
serenándolo, acabando por sentirse plenamente satisfecho.
Hasta el punto que su mamaíta pudo lograr que perdonara al
primo herido, demostrándoselo con un beso afectuoso. Después
aquella buena mujer lo arregló todo para que diera la sensación
de que se había tratado de un "accidente
involuntario" -cosas de niños- apañando tan bien la
cosa que incluso la víctima, que no era de lo más
espabilado, acabó por dudar sobre lo que había ocurrido.
Años
después, en la mili, le sucedió algo parecido con un soldado
que osó manosear su fusil, tan lustroso y bien conservado,
siempre "en revista". Pero esta vez no se calmó
hasta que la sangre del atrevido, al coagularse,
tomó el color marrón de la culata. En aquella ocasión
su abogado defensor fue el maestro armero que estaba muy
satisfecho por lo bien que Pablo cuidaba el viejo Mauser que
le habían asignado, y, otra vez, se trató de un
"accidente involuntario".
Para
Pablo, Ana era el más preciado de los juguetes que le habían
regalado, ya que verdaderamente se la habían regalado: su
mamaíta, la madre de Ana y la docilidad de la joven que había
accedido pensando en lo que poseía Pablo. No obstante esto,
su fidelidad era tan manifiesta que la sombra de los celos no
había rozado nunca la mente de su marido. Esto fue así
hasta aquel maldito
día en que fue a vivir al lado de su casa un muchacho rubio,
de mirada penetrante, apuesto y
bien parecido. Desde aquel momento el maldito gusano de
la duda inició su tarea destructora. Pablo comenzó a fijarse
en las reacciones de su mujer cuando se cruzaban con aquel
desvergonzado que los miraba a través del humo de sus pipas,
grandes y vistosas, que fumaba a todas horas, llegando a darse
cuenta que Ana lanzaba alguna mirada a aquel bergante. De
pronto dejaron de cruzarse con el, y, como quiera que Pablo
sabía que este seguía siendo vecino suyo, pensó que cuando
iban juntos los esquivaba, y empezó a sospechar que si esto
sucedía era por algo. Por añadidura, unas palabras de ella,
pronunciadas como si nada, acabaron de ponerle en guardia.
--¿No
has probado nunca de fumar en pipa? Tal vez te gustaría
-había dicho Ana.
Cuanto
más tiempo transcurría, más arreglada y satisfecha iba Ana
y más mustio y malhumorado iba Pablo. Su desconfianza no le
dejaba vivir, por lo que una tarde, al salir de casa, le dijo
a su mujer:
--Esta
noche no vendré a cenar. Debemos acabar el balance, comeremos
unos bocadillos en la oficina misma y regresaré tarde, no me
esperes para acostarte.
Pero
aquella noche volvió a casa más pronto que los otros días.
Con un gesto contundente ordenó al perro que guardara
silencio, mientras él habría
la verja del jardín muy lentamente para que esta no
chirriara, después procedió del mismo modo con la puerta de
entrada al chalet, deslizándose luego al interior con sigilo,
avanzando después a oscuras hacia el dormitorio, donde se oía
una suave música romántica. Por lo que fuera, una silla no
estuvo en su sitio habitual y Pablo, al tropezar en ella, la
hizo caer produciendo un fuerte ruido. Cuando partió de nuevo
habían transcurrido varios segundos, tal vez demasiados,
puesto que al entrar al dormitorio, encontró su mujer
aparentemente dormida y la ventana de la habitación
entreabierta, con la cortina que se balanceaba suavemente. ¿Movida
por la brisa que entraba o...?.
Fuera el perro ladraba con furia.
Pablo
busco con la mirada si encontraba algo sospechoso, quedando
perplejo al descubrir un objeto que había sobre la cómoda:
una pipa grande, brillante, insolente. Con la sangre oprimiéndole
la garganta la garganta, se dirigió al cuarto de los
juguetes, los contempló con mirada extraviada, parándose
delante del tobogán rojo, en aquel momento más rojo que
nunca visto a través de sus ojos inyectados de sangre.
Visiones de sangre se acumulaban en su cerebro, de la sangre
de su primo, de la sangre del soldado del fusil, de la sangre
de otros que se habían atrevido a tocar aquellas joyas que el
atesoraba tan celosamente. Al cabo de un rato se dirigió como
un autómata a coger el martillo justiciero regresando con él
al dormitorio. La cortina continuaba con su suave balanceo;
sobre la cómoda la pipa, grande, brillante, insolente. Ana
parecía dormida, con sus largos cabellos esparcidos sobre la
almohada, preciosa, medio desnuda mostraba parte de un cuerpo
extraordinariamente bien formado. Pablo, desesperado, en pleno
acceso de ira, fijó su mirada terrible en la causante de su
desventura. Acto seguido, avanzó como un felino hasta ella,
y, cogiéndola por el caño, le chafó la testa a martillazos.
Ana había abierto los ojos en el preciso momento que su
marido iniciaba su feroz agresión. Intento levantarse y
hablarle pero no pudo, la expresión escalofriante de su
esposo la había paralizado, ahogando sus palabras. Pablo seguía
trémulo con su excitación al máximo cuando lanzó el caño
de la pipa que fue a caer junto a los martilleados pedazos de
la cazoleta y la cánula, pateándolo todo con furia. Al
tiempo que la pipa se iba desmenuzando, la serenidad volvía
al espíritu de Pablo, su respiración recuperaba su ritmo
normal y de su alteración anterior solamente persistía un
sudor frió que humedecía todo su cuerpo. Entonces se quitó
la ropa pausadamente, se lavó y secó y poniéndose el pijama
de seda, regalo de su mamaíta, se acostó junto a su amada,
poniéndole un brazo encima, con el aire protector que
acostumbran usar los niños con sus mascotas. Muy suavemente,
eso sí, para no incomodarla.
Ana,
fingiendo no haberse enterado de nada, pensó en silencio:
--¡Es
evidente que no quiere pipas! ¡Me guardaré muy mucho de
comprarle otra!

Fumadores
pasivos
Doña Catalina y su marido formaban uno de estos
matrimonios sin hijos en los que, al volcar los esposos, uno
en el otro, todo el amor que iban a dedicar a sus
descendientes, consiguen alcanzar esta especie de simbiosis
amorosa que les convierte en padres, esposos e hijos,
pendientes de los deseos y achaques del amado amante.
Don
Juan, el marido, maestro de escuela jubilado, seguía y
comentaba habitualmente con doña Catalina, los éxitos y
contratiempos referentes a los "suyos" - sus ex
alumnos - muchos
de los cuales, aun que le recordaban y a veces se hacían el
propósito de visitarle, no llegaban a hacerlo nunca.
Entre
los que sí lo hacían, Andrés, uno de los primeros que había
tenido y que con el paso del tiempo, envejecido algo
prematuramente, parecía mas un condiscípulo que un ex
alumno, había descubierto el mundo de las pipas, haciendo de
su afición un tema de charla con su maestro, comentándole
las excelencias del brezo, las calidades de los tabacos y las
cualidades de los útiles complementarios: humidificadores,
encendedores, atacadores... Don Juan que no había fumado
nunca y al principio solo escuchaba por gentileza, acabó por
interesarse por el asunto. Por su parte doña Catalina, que no
podía soportar el humo de los cigarrillos, no solo llegó a
tolerar el de la pipa sino que incluso el aroma de algún
tabaco le hechizaba.
Un
día, cercano a la Navidad, doña Catalina, que había
observado algunas miradas, aparentemente envidiosas, de su
marido, ante los tensillos del fumador, entró en una tienda
de pipas. La elección fue fácil: el modelo que quería
resplandecía en el interior de una cajita destapada, expuesta
a la vista del público. Así que al poco rato salía
complacida con su compra.
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