Evocación
(142 )
En el sillón de su casa, con el humo de
su pipa evocaba hermosos gorriones que había
visto, rostros de mujeres que había amado y
un inmenso navío en el que había pasado
tiempo de su vida. Y cuanto hubiera dado por
poder hacerlo ahora que su vida se había
derrumbando por completo. Pero no podía, ya
que en el restaurante que lo había citado su
novia para dejarlo estaban prohibido los
gorriones, los barcos y cualquiera de los
hermosos recuerdos que él suele evocar.
Emanuel S. H. Marin (Argentina)
La
tentación
(141 )
Muchas lunas antes de la aparición
de Adán, nosotros parientes
cercanos, nosotros parientes lejanos
del Hombre, correteábamos por aquí
en grupos. Cada uno de esos grupos –
el nuestro presumía ser uno – tenía
un macho dominante (el nuestro se
llamaba Ozkur ), un tipo duro y de
armas tomar.
Yo ( un tipo ordinario) tenía un
buen amigo: “ Cara de Melón”, él era
mi compañero de andanzas y de
aventuras, él y un par más de
compañeros : V.. y J…
Cierto día Cara de Melón encontró
algo a mitad de camino entre una
rama y un tallo, algo que al cabo de
un tiempo comenzamos a llevarnos a
la boca (por imitación), y que
frotándolo y frotándolo,
conseguíamos calentar (a base de
esfuerzo), a una temperatura tibia
para la boca y caliente para el
alma.
Ozkur, como macho alfa del grupo
regulaba las actividades del grupo
y desechaba toda actividad que no
tuviera un claro fin provechoso para
el grupo (búsqueda de alimentos y
agua, celo ante depredadores, etc.);
con lo que tan pronto nos sorprendió
con esta nueva actividad nos
prohibió (en nuestro lenguaje –
entiéndase: gruñidos y golpes-), esa
actividad.
Por un período de tiempo continuamos
con nuestro rito, haciéndolo secreto
y a escondidas.
Eso, hasta que un día, inmersos en
el placer que eso nos daba (y
creyéndonos mas alejados de lo que
realmente estábamos), llegó Ozkur y
con él los gritos, el dolor de los
golpes (al principio de él, luego ya
de todo el resto del grupo), para
luego el silencio.
Al cabo de (¿años?, ¿décadas?,
¿siglos?), un día de calor de
verano, unos arqueólogos removieron
un trozo de uno de mis huesos, cerca
había otra parte de Cara de Melón y
mas allá otra de V… y algo de J… Se
marcharon alegres de encontrar parte
de su pasado, parte de algo… Lo que
nunca encontraron (porque había
formado parte de la tierra como la
mayoría de nuestros cuerpos), era
esa “ramita” con la que hasta un día
jugamos.
Gurmensindo Báez Dequeira.-
Los
viajes (140 )
Empezó con una expedición a la Selva
donde vio increíbles animales, cuando se
aburrió viajo a China donde recorrió la Gran
Muralla, después tomo un Café en París y
luego el viaje concluyo cuando, mientras
observaba la Torre Eifel, le dijeron que
debía apagar su pipa.
Emanuel S. H. Marin (Argentina)
La
pipa me encontró
(139 )
¿quien dice que hay que estar viejo para
fumar pipa?
yo, deje de fumar el cigarillo normal,
pero algo me hacia falta en la vida, estava
de mal humor y me irritava con gran
facilidad.
sin darme cuenta, escribiendo una carta a
mi abuelo, en una pausa que hice, me di
cuenta que estava chupando muy relajado la
tapa de la pluma.
un espejo frente a mi escritorio que
tengo en la recamara me hiso reflexionar y
si estas tan relajado con ese plastico en la
boca, ¿como te verias con una buena pipa?
sin mas, me levante y me diriji a una
tabaqueria y realmente yo no encontre a la
pipa, ella me encontro a mi, ya que entre la
gran variedad que habia en ese lugar hubo
una que me hechizo.
lleno mis ojos y como con respecto a las
mujeres pense, esa tiene que ser mia.
la compre y regrese a terminar la carta a
mi abuelo.
orgulloso con mi pipa, me sentia
interesante, intelectual y quice atribuirlo
como un homenaje a mi abuelo.
soy tan egocentrico que esa pipa la
disfruto a solas, escribiendo, saboreando mi
cafe.
porque todo es conceptual en esta vida,
para mi el concepto de mi pipa es mi lado
de genialidad y prespectiva critica,
analitica y de fantasias que dan pose a mis
movimientos.
que hermosa es la vanidad, cuando la
exivimos solo a nosotros mismos.
ahora cuando escribo, ya no estoy solo
con mis pensamientos, mi pipa me acompaña y
me invita a la inspiracion divina de estar
el algun lugar del cosmos fumandola y viendo
la misera condicion humana o relajado en un
yate esperando con toda la calma del mundo
que pique el pez mas extraordinario.
en mi testamento pedire, que me entierren
con mi pipa y vestido de smokin, porque para
mi no cualquiera fuma pipa.
y como yo no soy un cualquiera, deseo
tocar las puertas del cielo, elegante y
pidiendole un fosforo a san pedro para
encenderla y tener una sabrosa charla con el
señor.
quien seguramente estara disfrutando la
mas codiciada de las pipas.
que es, la pipa de la paz.
Francisco José Caballero Romo, México
Clinton, pipa y tabaco
(138 )
CLINTON
RAMIREZ, díscolo, literato de la hirviente
Cienaga departamento del magdalena, donde
las letras pasean a plena luz del Sol y y
se sientan por las noches en la plaza del
centenario, mi amigo y asesor como yo del
alcalde en turno, en el asunto de las
finanzas públicas, carajo! Nos toco volar
para la nevera bogotana a arreglar asuntos
de la cosa pública y de paso a encontrarnos
con unos amigos suyos. Sin saber , iba a
encontrarme con una gran realidad de mi
vida, el escribir sin miedos y plumajear
el papiro moderno con las teclas de mi
computador. Fuimos y realizamos las
actividades profesionales programadas, y
luego una cita con varios estudiosos de las
letras, unos costeños, otros sabaneros y
como es lógico los bogotanos, por último
este espectador de letra inerte que sólo
quería escuchar para aprender. Hablaron de
la Antología de cuentos que iban a realizar
con los cuentistas de la costa Norte de
Colombia, en fin , que perplejo estaba ante
tanta sapiencia, ricos lenguaje y excelente
despliegue de la imaginación. Acabados sus
temas me hicieron una sola pregunta ¿BYRON,
HAS ESCRITO ALGUNA VEZ?, me los quedé
mirando y se rieron, le dije NO pero si
quieren les hecho un cuento de mi pueblo,
PILAS ECHE! me dijeron (Rieron otra vez). Me
sumergí en mi mundo Rural , me transporté en
el tiempo y empecé a hablar de una de las
tantas historias insólitas y deslumbrantes
acaecidas en mi tierra natal (Polonuevo-
Atlántico), en la mitad del relato CLINTON
SACO SU PIPA , otros un tabaco con un
excelente aroma, pidieron silenciosamente
Cerveza negra de sifón , me calle y
pregunté, que pasó? Por qué la pipa y los
tabacos. Me contestó mi amigo CLINTON ,!
AMIGO BYRON VACCA, LAS PALABRAS DEL BUEN
NARRADOR DEBEN SER SIEMPRE AROMATIZADAS EN
LOS AIRES POR UN BUEN TABACO, SEA EN PIPA
SEA EN HABANO, SU CALOR, ALIVIADO CON UNA
CERVEZA NEGRA Y DE SIFON¡ JA JA JA JA JA.
Luigi ,
Barranquilla,Colombia
El
último tabaco (137 )
Mira que venir a descubrir el amor en un
cuarto de baño, es verdad que fue
dificil encontrar una mujer a la que le
agradara, o siquiera soportara mi
fuerte adicción al tabaco, pero lo hice,
y Sabina fue ese extraño espécimen
que no solo soportó, sino que adoró mi
olor a cigarrillo. Ella tiene una
adicción igual o más fuerte que la mía.
Esta tarde fue magica, Sabina y yo nos
dimos una escapada hacia esta
propiedad, es de un amigo mio, estamos en
medio del campo, cerca de aqui no
hay nada y solo nos teníamos el uno al
otro. No hemos salido de la casa
desde que llegamos. Despues de
entregarnos al juego de las sabanas y
amarnos
durante unas horas, conversamos
largamente.
Varias horas nos pasamos desnudos, sobre
la cama, hablando, dejando que el
humo del tabaco que salía de uestras
bocas se comunicara y se fundiera en un
dialogo de volutas. No nos dimos cuenta
de cuanto tiempo pasó, ni de cuantos
cigarrilos fumamos. El humo fue
acercandonos más y más hasta que no hubo
nada más que decir, volvimos a hacer el
amor.
Despues de amarla hasta el cansancio,
tomé la cajetilla del buró, solo
quedaba un cigarrillo. Yo no iba a
compartirlo con ella, Sabina debe haberse
dado cuenta de que era el último que
quedaba, me miro y se me hecho encima,
supe que ella no lo compartiria conmigo.
Luchamos largo rato por ese tabaco
el único que quedaba, el último.
Así fue como termine encerrado con mi
amor en el cuarto de baño, Sabina esta
ahi afuera gritando y dando golpes contra
la puerta, yo estoy fumando aqui
dentro.
Funkmador (Méjico)
Anne intentó que todo volviera a la
normalidad
(136 )
Hacía ya tres años que su marido, Joan la
había dejado para siempre, aquel terrible
cáncer de pulmón se lo había llevado sin más
dejándola en la más pura soledad, llevando
un vacío en su interior que nada volvería a
llenar.
Pero cada día, a las cinco de la tarde,
como venía haciendo desde aquel día fatal,
Anne se arreglaba, y preparaba dos tazas de
té, que tanto le gustaba a Joan, una para
ella y otra para el marido ausente.
Y a pesar de que él ya no estaba, decidió
que jamás perdería esa costumbre que
practicaban desde cuando empezaron a vivir
juntos, fumar aquel cigarrillo a medias y a
escondidas, ya que Anne aún creía que eso
era cosa de hombres.
Carmen Peñaloza Oliva
De
esta noche no pasa
(135 )
Esta noche lo ha vuelto a hacer. Y mira que
se lo he
dicho cientos de veces. Porque yo podré ser
buena,
pero tonta, no.
Ha salido de casa, como cada noche, a eso de
las ocho
y media, nueve menos cuarto. Primero da un
paseo breve
por las calles del barrio –acostumbra a
elegir las
menos iluminadas–, pero siempre termina en
ese café
que hay a dos manzanas de aquí. Yo no le he
seguido
nunca, hasta ahí podíamos llegar, pero son
muchos años
viviendo juntos como para no saber
exactamente lo que
hace en cada momento. Él estará como
siempre, acodado
en la barra, bebiendo una cerveza y fumando
sin parar
su apestosa pipa. Ella permanecerá inmóvil a
su lado,
atenta a cada caricia que pueda recibir de
mi marido,
a cada gesto de cariño que él le regala
continuamente.
Y a mí, que me zurzan.
Luego llegará con su maldito olor a tabaco y
jurando
que ni siquiera ha dado una bocanada; como
si yo no
supiera que, si no fuera por fumar, para
luego iba a
tener tanto interés en sacar cada noche de
paseo a la
perra… pero de hoy no pasa: no pienso
consentir que
siga trayendo ese olor asqueroso que no hay
manera de
arrancar de las cortinas ni gastando un bote
entero de
ambientador.
Ricardo Bosque
El
viejo de la pipa
(134 )
Recuerdo entrar en casa corriendo, mis
pequeños pies subían las escaleras para
encontrarse con aquel señor mayor para mí
que me esperaba sentado en su sofá de madera
añil, sentado con su boina su sonrisa y su
pipa. Aquella pipa que nunca se quitaba, que
desprendía un olor a humo marchito pero
confortable. Recuerdo mis largas tardes de
niña rodeada por sus brazos y sus risas.
Nada me producía más amor, nada me producía
más protección, entre sus brazos nunca me
pasaría nada. Le contaba como me había ido
en el colegio, mis batallas con mis
compañeros y jugábamos a cromos y al parchis
mientras comíamos palomitas de azucar. Cada
tarde, de mi infancia estaba ligada a él, al
recuerdo de unas manos grandes y al olor de
aquella pipa que siempre estaba con
nosotros. La vida era bella, no había
injusticias, ni dolor, ni miedo al futuro.
Tan solo una pequeña que se dejaba querer
por la única persona que la quiso de verdad
que hubiera dado su vida por ella, y que le
mostraba una vida llena de fantasía y
felicidad.
Una tarde
subí como tantas veces las escaleras, venía
a darle un beso y a contarle como me había
ido...al abrir la puerta el olor a tabaco ya
no estaba, su sillón estaba vacío y mi alma
se quebró para no volverse a levantar nunca
más. El viejo de la pipa había muerto y sin
saberlo a mi me llevo con el. Porque la vida
ya nunca volvió a ser de parchis ni
palomitas, la vida se fue convirtiendo en un
humo.
Noelia Cerdán Rubio
Especial para Walter
(133 )
Marta abrió
la puerta con cuidado, introdujo su nariz
por la pequeña rendija y aspiró
profundamente. Él no estaba en casa. Entró
nerviosa, mirando hacia todas partes, como
si fuera a ser descubierta en cualquier
momento, ya eran las ocho, Walter no
tardaría en llegar. Sacó del bolso el
pequeño cofre. Aunque en la tienda de
antigüedades se negó, pensó que quizás
hubiera sido mejor envolverlo, era demasiado
evidente su contenido. Buscó papel de
regalo, de ese que le había sobrado en otras
ocasiones. Corazones, manchas de colores y
muñequitos, ninguno le pareció apropiado
para semejante joya. Era como introducir un
Van Gogh en una bolsa de basura. Abrió el
cofre y sonrió. Le había costado mucho
conseguirla pero por fin la tenía, fina
plata repujada, un diseño único y lo más
importante, cientos de historias atesoradas
en su interior. El anticuario le aseguró que
había pertenecido a un importante escritor
de la época, esa pipa había frecuentado las
más prolíferas tertulias literarias de los
años treinta. Estaba segura de que Walter,
gran conocedor del tabaco, la pipa y su
filosofía, alucinaría. De momento oyó la
puerta. Sin más cerró el cofre y lo dejó con
cuidado encima de la mesilla de noche. Salió
a recibir a su amado, mientras respiraba por
el pasillo un aroma dulce con un ligero
toque de cereza.
María Isabel Romero Soler
Todos
dicen que se fue el abuelo
(132 )
Todos
dicen que se fue el abuelo.
Mamá
con los ojos llorosos me dice que está en el
cielo.
La
abuela como ausente en una silla, dice que
al fin descansa en paz.
Los
primos dicen que su cuerpo está bajo la
tierra, que ellos vieron cómo lo enterraron.
La
tía Dolores dice que su alma está con Dios.
Yo
no les creo, sé que no se ha ido, está aquí,
no descansa.
Su
voz está en el humo de la pipa, su risa
eterna en el olor del tabaco.
El
brillo de su mirada en los ojos de mi padre
cuando suelta lentamente, como en un
suspiro, esa grande bocanada.
Catarina ,México
Los
desterrados
(131 )
Derrocaron al presidente y llegó el
dictador con sus delirios monetaristas. Fue
fácil quedarnos en la ruina. Tuvimos que
vender todos los muebles para comer un par
de meses. El abuelo fumaba con su pipa en un
rincón, ajeno a la buena o mala suerte. La
casa iba quedando vacía y el abuelo en su
rincón fumando. Nos quedamos sin comida,
pero sabíamos que no le podía faltar tabaco
al abuelo. Un día, uno de mis hermanos dijo:
_ Hay que vender la pipa del abuelo.
Nos morimos de hambre.
El resto de la familia lo acalló
inmediatamente, desbaratado por esa especie
de profanación.
Nadie tenía trabajo y las tripas
dolían. En enero, cuando ya los pasos
resonaban en una casa deshabitada de
objetos, decidimos cruzar la cordillera para
probar suerte en Argentina. Llevamos al
abuelo con nosotros. Nos instalamos en un
valle, rodeados de la estepa patagónica.
Nunca habíamos hecho labores de chacra, pero
tuvimos que adaptarnos. El abuelo, tan
triste como enfermo, nos miraba de lejos con
su pipa en la boca, a la sombra de un
manzano. Poco tiempo después, mientras nos
consumía la nostalgia por nuestro suelo
nativo, el abuelo, que ya nos venía
acostumbrando a la distancia, falleció de
una dolencia que no le hizo perder el
sosiego.
De la pipa acurrucada en un pliegue
remendado de su camisa (de esa pipa que se
convirtió en el único recuerdo que nos quedó
de la patria) aún emergía el pacífico humo
del tabaco.
Fumarola, Argentina
Lámpara de tierra (130 )
Las mañanas en Isla Negra, además de los
paseos por la playa, las ocupó el
poeta chileno Pablo Neruda a la composición
de su poesía. Los textos —en
tinta verde sobre papel cuadriculado— que
nunca fueron reproducidos
mecanográficamente por su secretario y
amigo, Homero Arce, los despedazaba
el propio Neruda en tiras, verso por verso,
para después mezclarlos con su
tabaco.
En 2003, a treinta años de la desaparición
del escritor, los esfuerzos en
conjunto de una prestigiosa editorial
española, lingüistas, grafólogos y
otros varios especialistas en la
reconstrucción de evidencia manuscrita
rescataron cuarenta y siete poemas que no
fueron alcanzados por la voraz
pipa del poeta. Los mencionados textos
integraron el primer volumen de la
colección "Lámpara de tierra: Obras
Completas de Pablo Neruda".
El éxito comercial de este conjunto de
libros se debió, en gran parte, a la
impresión de los mismos en papel hecho a
base de hojas de tabaco. Además de
contar con un suajado al margen de la
encuadernación, las hojas eran
fácilmente desmenuzables. La calidad y el
sabor de estas ediciones
satisficieron a los más exquisitos fumadores
de pipa. La permanencia en el
mercado de "Lámpara de tierra" golpeó
fuertemente las campañas contra el
tabaquismo en Colombia, México y España
durante todo 2004. Pero en general,
la media de lectura per cápita aumentó
notablemente en toda la hispanidad.
Bruno Perseo Arredondo Estrada , Ciudad de
México
Diálogos sobresaalientes en la capilla
(129 )
Al llegar a la Capilla Sextina de
excursión, San Pedro y San Juan quedaron
boquiabiertos admirando la escena del Juicio
Final; se sintieron embelesados, igualmente,
por el parecido con la realidad de sus
dobles.
-Miguel
Ángel Buonarroti debía tener línea directa
con el cielo para reflejarnos en sus frescos
indefectiblemente –dijo vanidoso un San
Pedro que sacaba del embozo de su sábana una
pipa de agua.
-Se
habría fumado algo…
San Pedro sonrió mesándose su sedosa
barba blanca y luego aspiró de la boquilla
dorada con delectación; mientras tanto, un
pensativo San Juan removía distraído con un
cerillo el tabaco rubio de la cazoleta de su
pipa…
-Relájate,
Juanito –esgrimió Pedro leyéndole el
pensamiento-, sabes que al Nomber One no le
importa que fumemos aquí; lo único que hace
daño a los frescos es la masificación y
llevan ya algunos siglos sin respetarlo -la
voz cavernosa de Pedro retumbó con eco. San
Juan asintió pensando que el Vaticano era la
ciudad más rica del mundo; después, ladeando
la cabeza, prendió el tabaco rubio de su
pipa de ébano y lanzó una larga bocanada de
humo; a continuación, vio los ojos luminosos
de San Pedro, encendidos de admiración por
la pintura. Oyó a San Pedro que sin mirarlo
directamente a la cara volvía a hablarle:
<<Juanito…, ¿sabes quién está prohibiendo el
tabaco en la Tierra?>>
San Juan se encogió de hombros, torció
los labios expulsando un hilillo de humo por
la comisura, arqueó las cejas como un
zangolotino, echó un traguito de una petaca,
no contestó, pensó que era una pregunta
retórica…
-Los
mismos poderosos que contaminan con sus
vertidos tóxicos, los mismos que torturan
con las brasas del cigarro, los mismos que
disparan aleatoriamente con sus “pipas”, los
mismos que meten “puros” descargando sus
misiles… Y prometo que habrá para ellos, si
el Jefe con su bondad infinita lo cree
justo, Juanito…, un Juicio Final.
-Que
el Maestro exalte la excelente idea
po-nien-do-do no-ta-ta: un DIEZ –y un San
Juan amante del brandy, relajado, bautizado
de su particular humor, expelió otra de las
generosas bocanadas del humo de la
satisfacción.
Ginés Mulero Caparrós
Amor
clandestino
(128 )
Se amaban con pasión entre cenizas y humo,
nadie recuerda bien desde
cuando, tal vez desde siempre, (sólo el
Tiempo lo sabe). Era un amor tan
puro y tan intenso que terminó por levantar
envidias: un soplo legal intentó
apagar las ascuas que en el interior de la
Pipa, tan sólo el Tabaco había
sabido avivar.
Pero el amor no se puede prohibir y aún
hoy, a pesar de la persecución a
que son sometidos y siempre lejos de miradas
hostiles y olfatos insidiosos,
siguen encontrando en aquellos a los que
llaman "Los Fumadores", la
complicidad de quienes creen en el verdadero
amor y la mano amiga necesaria
para mantener viva su historia clandestina.
Dingo
Fumador surrealista
(127 )
(Negar perjudica gravemente su salud)
María Fernanda Ampuero
Ceci n’est pas une pipe
(126 )
"Ceci n’est pas une pipe", aclaró.
"¿Ah no? ¿Y entonces qué es eso que tiene
en la boca, un paraguas?", preguntó.
"Arte surrealista", respondió.
"Muy gracioso, muy gracioso. La multa es
de mil euros y si sigue haciéndose el
chistoso me lo llevo. Es su cuarta
infracción en un mes", escupió.
"Ceci n’est pas une pipe!!!", exclamó.
"Va preso Magritte", concluyó.
"María" Ampuero
Sueño
(125 )
Algo llamó mi atención entre aquella
amalgama de objetos, papeles y demás enseres
que se almacenaban sin orden ni concierto en
el desván de aquella vieja casa.
Con sumo cuidado extraje del fondo de un
arcón, una pipa de espuma de mar.
Exquisitamente tallada, aparecía al final de
la curva de la pipa, la cara de un sultán
con todos los rasgos, incluida una barba
rizada y muy poblada, adornando su frente
con un turbante. De un blanco impoluto y
rematada en plata por ambos extremos, tenía
todo el aspecto de haber pertenecido a
alguien de mi familia de hacía varias
generaciones, pues yo no recordaba, hasta
donde me llegaba la memoria, ni a mi padre
ni a mi abuelo con una pipa semejante en sus
manos.
De repente, y preso de un instinto
incontrolable, coloqué la pipa en mis labios
para sentir su tacto e incluso su aroma,
aunque después de haberse pasado tanto
tiempo olvidada en aquel baúl, dudaba que
pudiese emanar algo de ella. Qué equivocado
estaba. Rápidamente me sumí en otro mundo,
perdiendo el sentido de la realidad para
despertar en manos de un caballero
elegantemente ataviado con un frac, sentado
en un salón con una copa de coñac en la otra
mano. Su olor dulce, como a vainilla, me
embargaba y su sabor un poco acre, me
recordaba a las especias y me acercaba al
mundo oriental. Me sorprendí a mi mismo
hablando con una bella mujer a la que le
contaba las excelencias y el placer de fumar
aquella maravillosa pipa turca.
Me desperté,
al cerrarse de golpe una de las troneras de
la buhardilla. Todavía notaba el sabor
dulzón del tabaco de pipa en mi boca.
Paqui Perez
Enfermos esperanzados (124 )
Como en los días pasados, así como hoy y
lo sería mañana, los órganos y músculos de
un ser habitaban felices en sus posiciones,
protegidos de los huesos, cubiertos por las
pieles. Órganos felices como el Corazón
limpiando la sangre que caía en ella y como
una madre de casa limpiando a gusto para
dejar las cosas sanas. Los hermanos
Pulmones, que abrazados por la tráquea
disfrutaban del aroma que les proveía el
aire. El Estómago trabajador, que día a día
separaba los nutritivos y vitaminas de los
alimentos que le llegaban.
Pero un día, como si una maldición cayera
sobre ellos, comenzó a inundar al cuerpo un
aire gris y maléfico, los Pulmones se
contaminaban de él y empezaban a enfermarse,
el Corazón con mucho miedo notaba como
prediciendo el futuro, caería sobre un ritmo
cardíaco y dejaría de existir, y el
Estómago, que no hacía más que recibir
alimento chatarra y café siéndole difícil la
tarea de separar y digerir. A mucho sufrir
le preguntaron al viejo sabio del Cerebro
que es lo que pasaba y porque se sentían tan
mal, a lo que Cerebro respondió: - Es él,
con el que nosotros compartimos este cuerpo,
el que consumiendo tabaco, él mismo se
destruye y nosotros con él. Porque es él, el
que débil cae a la tentación y con la
búsqueda del cigarrillo se va alejando de lo
que antes tuvo. Sólo él, que comenzó esta
aberración maldita puede abandonar esta
adicción o bien hacerla parte de él y
abandonarnos a nosotros.
Mr-Magic
Vive para
vivir o fuma
(123 )
…la noticia de último momento: Los
heridos siguen aumentando, las bajas superan
las tres cifras en los últimos cuatro meses.
Esta guerra parece no tener fin y los…
…él tenía tan solo catorce años y ahora
desapareció, él era todo para mí, y ahora no
está…¿que voy a hacer? ¿de que me sirve
vivir ahora? Sin tan solo…
…lo conocía desde la secundaria pero
ahora cambió, esta antisociable, supongo que
fue esa cosa que le dieron de probar y ahora
no se la puede sacar de la boca, me molesta
que no lo pueda dejar como si…
…ahora tiene un aliento horrible y tose
con flema, tiene las uñas, los dedos y hasta
los dientes manchados, huele muy mal y hasta
su hijo esta pasando su etapa y…
…él pensaba que esa pipa lo haría un ser
importante y sabio, yendo de aquí para allá
fumando y ahora su mejor amigo es el cáncer
y desde entonces…
…la noto tensionada y ella misma me dice
estar con estados de ansiedad, creo que es
esa cosa que consume porque antes era una
chica simpática, sociable y…
…a pesar que
ahora no coma como antes tiene más grasa en
la barriga, ese tabaco está hasta en sus
venas, ya no quiere ni salir a caminar y
siempre que se pone mal enciende esa
asquerosidad yo no sé como puede hacer…
El fumar es perjudicial para la salud, si
queréis vivir hazlo sanamente pero si
prefieres ser famoso y formar parte de este
muro de penas…
Recuerda, nadie se droga cada 25 minutos,
el fumador si.
Mr-Magic
Humos de despedida
(121)
Constanzo dejo el sombrero en el perchero
de roble y marmolina estilo francés del
rincón de la casa. Se sacó su sobretodo gris
y lo colgó prolijamente. Camino lento
rengueando de su pierna herida en la guerra
teniendo que hacer un poco de ruido con sus
zapatos lustrosos que se podía mirar uno el
rostro en ellos. Se sentó en el gran sillón
de la sala y enseguida llego ella. Gacela.
Su fiel compañera de los días en soledad.
Traía la bandeja de plata con el té
humeante, el periódico prolijamente doblado,
y la infaltable pipa con la caja de tabaco
dorada que sus nietos le regalaron esta
navidad.
Colocó la bandeja sobre la mesa vestida
de verde musgo y le acercó la pipa, cuando
la tomó espero silenciosa que Constanzo
tomará el tabaco lentamente y encendiera la
pipa en su ceremonial diario.
Nevaba. El chirrido de los leños era la
melodía mas angelical en el frío invierno
mendocino.
Ese olor a
tabaco puro de pipa esta aún impregnado en
toda la casa recordando esa tarde. La última
tarde del abuelo Constanzo.
Angelica Sonia Berrenechea (Argentina )
Esto es intolerable
(120 )
Esto no puede ser, es intolerable. ¿A
quién se le ha ocurrido semejante disparate?
Estoy de acuerdo en que no pueda fumar en
los hospitales, es lógico. Paso también por
la prohibición en medios de transporte,
incluso en lugares públicos como estaciones
o supermercados. ¿Pero en el puesto de
trabajo? No hombre, eso sí que no. El lugar
donde uno trabaja es sagrado, es su templo,
su reino. Prohibirle a alguna persona hacer
cualquier cosa en su reino es, como mínimo,
un golpe de estado; máxime cuando se trata
de vedar el placer de la ingestión de la
exquisita mezcla de gases que produce la
combustión de las hojas de esta planta.
Seguro que el redactor de esta estúpida ley
no ha sentido nunca el deleite de encender
una pipa. Ver desde tu atalaya como la
cazoleta, hecha volcán, entra en erupción.
Escuchar los chasquidos que hacen las
briznas más grandes al arder en el fuego que
las purificará para siempre. Sentir el
primer hálito que te proporciona tu fiel
compañera y que hace callar la voz en tu
interior que te decía: “enciende, calada,
fuma, ¡fuma!”.
José hizo una pausa en su discurso, tomó
el vaso old fashioned y dio un trago con el
que aclarar su garganta. Al levantar la
cabeza para beber se cruzó con las miradas
de su esposa y los padres de los invitados a
la fiesta de cumpleaños de su hijo, dándose
cuenta en seguida de que todos estaban
siguiendo su conversación con Alonso, el
padre de Antoñito, en lugar de seguir con la
charla que antes les ocupaba. Su esposa le
habló:
Pero José, si tú llevas diez meses sin
fumar, y… nunca fumaste en pipa.
Daniel Membrilla
El
Acuerdo (119 )
La sala está
totalmente repleta. Gente elegante conversa
en grupos, muy bajito. A pesar del intenso
calor que se sentía en la calle, aquí el
frío se cuela hasta los huesos debido a la
climatización. En el centro del local una
mesa con dos sillas. Sin dudas, los
presentes serán testigos de un gran
acontecimiento. Al parecer no están
apurados. No se ven impacientes. Disfrutan
la estancia.
Por fin, se
rompe la inercia. La enorme puerta de madera
tallada se abre para dar paso a dos hombres
vestidos con trajes negros y sus comitivas.
Automáticamente la multitud les abre paso.
Les reconocen como los protagonistas de la
velada.
Cada
personaje se acomoda en una silla de la
mesa, les hacen llegar de inmediato sendos
libros, que cada uno hojea, como si
desconocieran el contenido de sus páginas,
aunque tienen que haberlas repasado muchas
veces antes de este encuentro. Al final
estampan sus firmas. Se ha cerrado un
acuerdo. Poco le importa a las personas que
observan el contenido del documento, pues la
mayoría asiste interesada en el cóctel que
se ofrecerá como colofón, sin embargo, se
produce una cerrada ovación.
Más, la
representación no ha terminado. Tras la
rúbrica, cada señor intercambia con parte
del público. Ponen a prueba su distinción,
su desenvoltura, su garbo. La lucha es
bastante pareja hasta que uno de ellos, como
quien propina un golpe bajo al contrario,
saca su carta de triunfo, una pipa, que tras
cargar con fina picadura de tabaco, agita
acompasadamente hasta la boca con
movimientos estudiados de su brazo. Ha sido
una estocada mortal. Resulta, con derecho,
el ganador absoluto de la contienda.
Juan Carlos Moro, Cuba
Confesión (118 )
- ¿ Por qué?.
- ¿ Por mi promiscuidad?, lo admito,
tuve multitud de amantes, escritores,
artistas, científicos, detectives...
personas y personalidades, hombres y
mujeres. A todos complací.
- ¿Pregúnteles?, ¡Jhon Ronald Reuel!,
¡Albert!, ¡Sherlock!, ¡Margarita Landi!
¿Dónde estáis?.
- Juntos engendramos musas, inspiración,
creatividad. Concebimos teorías relativistas
y resolvimos enigmas.
- ¿Por qué ya no me besan? ¿Por qué no
acarician mi brezado cabello? ¿Es que ya
nadie quiere inhalar el aromático placer de
mis entrañas ?.
-¿De qué se me acusa?, ¿de hechicería?,
¿de embelesar los sentidos?, ¿desde cuándo
seducir es pecado?. Quien se acerca a mi es
por voluntad no por una compulsiva necesidad
enfermiza. ¡No me vulgarice!.
- ¿ Por qué me persiguen? por participar
en cálidas y humeantes tertulias. Soy una
fugitiva, coacción y sanción me acosan.
- ¡Oficio rituales!, confieso ¿y qué?,
¿desde cuando la liturgia de la carga y la
consagración del encendido son brujerías?.
- ¿ Por qué?...
Jose Lanao Dolset (Zaragoza)
La
herencia (117 )
La lenta neblina se levanta, como cada
mañana, pausadamente. La lentitud de
movimientos se va convirtiendo en ajetreo.
Yo recuerdo, mientras casi todos deambulando
en el poblado comienzan a encargarse en sus
quehaceres, como siempre.
El brujo, levantó su mirada de la raída
estera en la que se encontraba sentado y, me
miró de nuevo, intentando descifrar, en el
fondo de mis ojos, la inquietud que
despertaba en mí el momento.
Yo, no había podido dormir en toda la
noche, la vigilia pesaba entre mis parpados
e intenté disimular el temblor de mi mano al
acercarse, cuando me tendió la pipa, y con
voz grave, me dijo lentamente:
- Es tuya, ahora te pertenece.
Extendí la mano torpemente, temblaba como
una gaucamaya herida, observando como la
sangre pulsaba entre los surcos de mis
venas.
- No se si la merezco, respondí.
Todavía en ese instante, mi yo dudaba
de ser merecedor de la carga que conllevaba
poseerla.
Entonces susurro:
- La he preparado con el tabaco de los
tiempos, no dudes en aspirar el humo de
su sabiduría despacio, con el amor de la
tierra madre que se ofrece.
La primera bocanada fue de éxtasis,
desde entonces no he vivido nada comparable.
Llegaron a mi espíritu cabalgando los
jinetes de los tiempos, y sonaron en mi alma
los tambores primitivos de la jungla. Hubo
un silencio sepulcral, más tarde, oí de
nuevo a la vida en el canto salvaje del
pájaro de fuego.
Maria A. Muñiz N.
El
sabor de cada una de mis pipas
(116 )
Colecciono pipas. Una de mis dulces
extravagancias para poder admirar
cercanamente objetos bellos.
No recuerdo bien cuando comencé a
coleccionarlas, y creo, no mentir mucho
si digo, que hace veinte años. Esa pasión
nueva llegó a mi, quizá, por la nostalgia
del suave aroma que desprendía el tabaco
dorado quemando en sus entrañas y, que me
trasportaba a otros momentos, a otros
tiempos, en donde la alegría de mi vida
subía enardecida como el humo. ¡Quien sabe
ya!... Quizá fuera sólo para tocarlas y al
mismo tiempo descifrar el placer de manosear
con insistencia, mientras mi mente
vagabundeaba entre ensoñaciones. Sea como
fuere las tengo muy presentes en mi vida.
Siempre que puedo adquiero una.
Voy a tiendas de anticuarios, me gusta
saber que cada una tiene historia, sabor
añejo; que unos labios la atenazaron en su
día. Sí, en el rutinario tic-tac del
cotidiano día, para tranquilizar al alma
succionadora más allá del tiempo y del
espacio. Puede decirse que ojeo como un ave
rapaz a mi futura presa, depositada, casi
siempre, entre varios objetos ya en desuso
y, mis ojos se enturbian o chispean,
cuando pido al anticuario que saque de la
vitrina a esa parlanchina del profundo mundo
del silencio.
Entonces la pipa habla y me relata cada
una de sus grietas: ¡Cuantos golpes de
vida!; Despacio se exhibe ante mí y,
orgullosa, me enseña sus sufridos tatuajes
como si fueran condecoraciones de una
guerra. Se convierte en ese instante en mi
aliada. La mimo, la protejo entre mis dedos
y, táctil, me cuenta sus batallas.
Amo a todas, por distintas y
políticamente diferentes. Y sé que fui,
hasta hoy, a excepción del adorado
humo, el más dulce de todos sus amores.
Airetara (España)
La
teoría
(115 )
Hace unos cuarenta años,
recién doctorado, cuando entré en el
despacho del profesor, este estaba sentado
en su escritorio. Su mano izquierda sujetaba
en sus labios una pipa. Aunque hacia algunos
años que se había prohibido definitivamente
el tabaco y ya era imposible conseguirlo por
ningún medio, él siempre llevaba consigo una
de sus pipas. A veces la pipa asomaba en el
bolsillo de su americana, otras la llevaba
en la mano y la usaba como puntero en las
explicaciones de sus clases. De vez en
cuando se la llevaba a la boca y aspiraba,
como si aún fumara. Una vez me hube sentado
frente a él, me miro con sus ojillos
divertidos, mientras, su amplio bigote se
expandía acompañando su sonrisa. Aquel gesto
tan suyo, junto con su pelo ensortijado, le
confería, a pesar de la edad, un entrañable
aspecto de niño travieso. Sobre la mesa
había una carpetilla de cuero atada con una
cinta marrón. El la deslizó ofreciéndomela.
-
Mire usted, lo crea o no, desde que se
prohibió el tabaco, no he sido capaz de
plantear una sola ecuación más. Espero que
usted continúe desarrollando La Teoría.—me
dijo.
¡Tenga!
Hoy, cuarenta años después, yo le ofrezco a
usted la misma carpeta sin haber sido capaz
de aportar ni un solo paso al desarrollo de
La Teoría.”
J.M.R.G. León
El rito
(114 )
Muchas lunas antes de la aparición de Adán, nosotros
parientes cercanos, nosotros parientes lejanos del
Hombre, correteábamos por aquí en grupos. Cada uno
de esos grupos – el nuestro presumía ser uno – tenía
un macho dominante (el nuestro se llamaba Ozkur ),
un tipo duro y de armas tomar.
Yo
( un tipo ordinario) tenía un buen amigo: “ Cara de
Melón”, él era mi compañero de andanzas y de
aventuras, él y un par más de compañeros : V.. y J…
Cierto día Cara de Melón encontró algo a mitad de
camino entre una rama y un tallo, algo que al cabo
de un tiempo comenzamos a llevarnos a la boca (por
imitación), y que frotándolo y frotándolo,
conseguíamos calentar (a base de esfuerzo), a una
temperatura tibia para la boca y caliente para el
alma.
Ozkur, como macho alfa del grupo regulaba las
actividades del grupo y desechaba toda actividad que
no tuviera un claro fin provechoso para el grupo
(búsqueda de alimentos y agua, celo ante
depredadores, etc.); con lo que tan pronto nos
sorprendió con esta nueva actividad nos prohibió (en
nuestro lenguaje – entiéndase: gruñidos y golpes-),
esa actividad.
Por un período de tiempo continuamos con nuestro
rito, haciéndolo secreto y a escondidas.
Eso, hasta que un día, inmersos en el placer que eso
nos daba (y creyéndonos mas alejados de lo que
realmente estábamos), llegó Ozkur y con él los
gritos, el dolor de los golpes (al principio de él,
luego ya de todo el resto del grupo), para luego el
silencio.
Al
cabo de (¿años?, ¿décadas?, ¿siglos?), un día de
calor de verano, unos arqueólogos removieron un
trozo de uno de mis huesos, cerca había otra parte
de Cara de Melón y mas allá otra de V… y algo de J…
Se marcharon alegres de encontrar parte de su
pasado, parte de algo… Lo que nunca encontraron
(porque había formado parte de la tierra como la
mayoría de nuestros cuerpos), era esa “ramita” con
la que hasta un día jugamos.
Gurmensindo Báez Dequeira
El último deseo
(113 )
El Hombre
miró a su alrededor por última vez . La intensa luz en su
rostro no lo dejó mirar hacia adelante, por lo que no pudo
ver las caras de esos mudos testigos. Luego con sus manos
temblorosas, pero tratando de disimularlo, comenzó el ritual
de cargar su pipa. Aquel hombre de 60 años lo hacía con
notable habilidad y sus curtidas y regordetas manos, que
para otras tareas podrían ser muy torpes, dieron a esa
delicada faena un nivel artístico sólo comparable al de un
maestro llevando una pintura al lienzo. Finalmente la
parsimonia del sujeto terminó por destruir la paciencia de
uno de los asistentes, quien rompió en cólera y poniéndose
de pie emitió su reclamo:
-
¡En este lugar está prohibido fumar!. Indicando hacia el
famoso letrero colgado en una pared de la sala.
-
¡Pero Sr. Juez!, es la última voluntad del condenado. Dijo
el capitán del pelotón de fusilamiento.
- No
me interesa la voluntad de este delincuente, quiero que la
ejecución se lleve a cabo ¡ya!
-
Estimado Sr. Juez, usted mejor que nadie sabe que mi muerte
es inevitable; y mejor que nadie está seguro de mi
inocencia, pero su histórico odio, envidia y resentimiento
hacia mi familia, lo hicieron declararme culpable con la
misma facilidad que fue eliminando uno a uno a mis seres
queridos y apoderándose de nuestras propiedades. Todos los
presentes lo saben, tanto los testigos, como los gendarmes
que me apuntan con sus armas; pero el temor hacia vuestra
diabólica persona no les permite expresarlo y ni siquiera
pensarlo.- Encendiendo su pipa y dando una bocanada de humo,
el condenado prosiguió, - Por lo tanto Sr. Juez, en vista de
mi inocencia, el único motivo para mi ejecución, es estar
disfrutando de mi tabaco preferido en un lugar donde hay
prohibición de eso.
-
¡Capitán! le ordeno bajo pena que proceda con la ejecución.
Con una furia que se dejó ver en el brillo de sus ojos.
El Capitán
bajó su espada con un chasquido que cortó el aire y un
estruendo sordo inundó el ambiente. Aquel hombre se dobló en
dos con las manos en su estómago y el humo que salía de su
pipa fue aspirado como el último influjo de vida hacia su
cuerpo. Finalmente el condenado quedó sentado con los
brazos colgando, en aquella silla en donde falleció.
Rafael Palacios Díaz, Viña del Mar, Chile.
La
prohibición (112 )
Don Pedro se sentó en su mesita de siempre para dos
personas, aunque esta vez llegó solo. El joven mozo, que
era nuevo en el bar del Club, le saludó y le tomó su
orden.
- Buenas tardes señor. ¿Qué se va a servir?-. Tratando
de ser lo más cortés posible.
- Buenas tardes, tráigame lo de siempre…un Rusty Nail
-.Percatándose de lo novicio del mozo.
- Enseguida señor-. Saliendo presuroso aquel joven y
perdiéndose en el fondo del bar.
Don Pedro abrió su porta pipa y sacó una preciosa pieza
de colección que atesoraba hacía muchos años. Cargó el
hornillo meticulosamente y se disponía a encenderla con
un fósforo, instante en que fue interrumpido por el
mismo mozo que no se supo de donde apareció.
- Señor, no está permitido fumar en este lugar -. En
tono educado, pero enérgico.
- ¡Perdón!. ¿Qué fue lo que dijo? -. Preguntó el
anciano, mirando en forma molesta al mozo.
- Lo que pasa señor, es que no está permitido fumar
debido a la nueva ley de prohibición.
Don Pedro calmadamente guardo la pipa y sus utensilios,
luego miró a los ojos del mozo y le respondió: - Mire
joven, aunque su cara me es muy familiar, me doy cuenta
de que usted es nuevo aquí. Lo que no justifica su
desconocimiento de que este Club fue fundado, muchos
años antes de que usted naciera; para acoger justamente
a fumadores de pipa. Le diré que la prohibición, si bien
es una ley, sólo es comparable a la “Ley Seca” que tuvo
Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Situación que
trajo consigo el contrabando de licor, su altísimo
precio y la guerra de las mafias. ¿Sabe usted que esos
fueron los años en que más se bebió en esa Nación?.
Ahora me doy cuenta joven, mire aquel cuadro detrás
suyo, ahí estamos los socios fundadores de este Club, a
mi izquierda están en orden el Jefe de Policía, el
Ministro de Salud, el Director de Impuestos, el Alcalde
de la Ciudad; ah!, y por cierto joven, su difunto
abuelo, uno de mis mejores amigos y el primer Presidente
de nuestro querido Club.
Rafael Palacios Díaz, Viña del Mar, Chile.
Analogía
(111 )
Un grupo de
personas miraba hacia un punto en lo alto, desde donde
provenía el humo, acompañado de ese inconfundible y
peculiar aroma a tabaco. Cada uno tenía un deseo pero ellos
vociferaban a coro: - “¡Señor, Señor, ten piedad de
nosotros!”- Uno clamaba por salud, otro por trabajo, otro
por justicia y otro para recuperar un amor perdido. Alguien
un poquitín más sabio pedía entendimiento, alguien más
generoso pedía paz y bienestar para todos y uno mucho más
osado solicitaba todo un milagro.
El Señor los
escuchó atentamente desde lo alto, aspiró su pipa con mayor
rapidez, se echó hacia atrás en su cómodo sillón de cuero,
desvió la vista hacia un lado y pensó: -“Debo darle un buen
final a esta historia. Quizás debería añadir un par de
tragedias para hacer el relato más emocionante. Mejor
continuaré mañana, ahora tengo demasiado sueño.”- Entonces
este señor apagó su pipa, se paró del sillón y descansó.
Le comunico al lector que por motivos
médicos esta historia no tuvo un final. La familia del
señor, en concomitancia con el doctor, lo obligaron a
alejarse de su pipa. Lo lamentable del asunto es que sin
ella, él, no se podía inspirar. La pipa, su pequeña
compañera, lo ayudaba a crear, lo hacia soñar, lo llenaba de
vida.
Desde entonces, aquel grupo de
personas de la historia sin final, tal como tú y tal como
yo, pupulan por el mundo con un futuro incierto en busca de
su autor, suplicándole un destino mejor .
Por eso tú, el de pipa, tú
todopoderoso que puedes manejar vidas a tu antojo, llevando
y trayendo seres desde y hacia otras dimensiones; atiende
las voces de los entes que se despiertan con el aroma de un
buen tabaco. Tampoco dejes nada en el tintero ni permitas
que se te vayan los humos a la cabeza. No sea cosa que te
separen de tu pipa y quede al descubierto, como en el relato
aquí narrado, una popular analogía; la que espero, no te
ofenda: “Hasta ahora no hay consenso, si fue primero el
huevo o la gallina. Bueno, sé cauto, pues, tampoco se sabe,
a ciencia cierta, si primero estaba tu pipa o tu talento.”
Consuelo Martinez
Ceremónia
(110 )
Huake miró con ojos tristes el escaso
humo que surgía de la leña encendida en el piso desparejo de
su kau. El de su pipa formaba volutas caprichosas empeñadas
en volver a la cazoleta, hasta que una bocanada las empujaba
hacia arriba.
Huake, el último cacique de la tribu
aónikenk de Camusu Aike en la Patagonia, sabía que había
llegado el momento. Lejos estaban los tiempos en que la paz
era sellada fumando. Esta vez sería distinto. A esa tribu no
le importaba la ceremonia, ni la pipa. Ese día no hubo
tabaco… habían prohibido la paz. Añoró el festejo de otrora
danzando y cantando mientras Keingueinken alumbraba la
noche. Aspiró profundamente hasta que le dolieron los
pulmones y bebió un largo trago de alcohol de caña. Desde
afuera, los rumores gringos lastimaron sus oídos. Un llanto
de ishé le indicó que debía levantarse. Como en un ritual,
aplastó el tabaco con el pulgar ahogando las hebras
encendidas y acostó la pipa al lado de su arco. Luego se
acercó a la entrada del kau. El uniforme lo empujó hacia el
carro. El fusil, hacia la eternidad.
Sheuen brillaba allá arriba, hacia
donde seguramente iba
Daniel Hugo Leto (Rosario – Argentina)
Glosario:
Kau: vivienda. Keingueinken: luna.
Ishé: mujer.
Sheuen: sol
Daniel Leto
, Argentina
Meciéndome
(109 )
Tenía quince años, era invierno y
hacía mucho frío, la leña ardía con fuerza en la chimenea,
las baldosas verdes de esa habitación estaban empapadas de
un sudor extraño. Había una mecedora vieja que estaba
arrumbada, siempre la había visto allí, nadie se atrevía a
tirarla, pero tampoco a usarla, era extraña, particularmente
le tenía odio.
Sonó el timbre de la casa y mi madre
corrió a abrir, era un tío abuelo que casi nunca había
visto. Se sentaron alrededor de la chimenea y empezaron a
conversar, el señor se desabrocho el abrigo y saco una pipa
que pacientemente cargo. Una tos ronca salió de sus
bronquios, antes de empezar a encender el tabaco. Un olor
que creía que nunca había experimentado empezó a embriagar
la habitación, en ese instante me sumergí en el tiempo;
estaba en la misma habitación y un hombre al cuál solo había
visto en fotos me estaba meciendo sobre sus rodillas, fumaba
una pipa que recordaba haber visto en algún lugar y estaba
entonando una canción que me sonaba familiar, era mi abuelo.
Había muerto cuando contaba dos años.
Luis
Capó
Un mundo para la razón y la realidad
(108 )
El mundo no es mas que la creación
conceptual de una mente que decide entenderlo como el
conjunto de formas bañadas por la luz….la luz de un mundo
que se desnuda ante la vista del observador y que susurra
al oído agudo del estudioso, mientras descifra lo que
esconden las formas en las porciones de las mismas, que se
disimulan a la mirada vigilante de la iluminación diurna,
así transcurren los días de gloria del conocimiento…. Y en
un segundo sucede lo inevitable, la inseguridad acerca de lo
poco que se sabe sobre la existencia propia y el sentido del
ser, hace que se olvide que tan maravilloso realmente es
ser…las razones desaparecen y las masas se enfurecen en
medio del ímpetu de la ignorancia que yace en la creencia
ciega de aquel que convence sin saber y busca la destrucción
de aquello que jamás ha conocido por cuenta propia…..y que
queda?.....nada mas que conjuntos de formas que se desnudan
ante la vista del observador y que arremeten contra el;
inútilmente, por que el observador sabe que la tradición que
yace en su mano derecha, ha nacido para morir quemada como
las brujas pero que como ellas perdurara en el tiempo dando
el aroma característico de la historia que se dispersa en el
ambiente haciéndose arte en la intimidad del pensamiento
del pipa fumador que observa y ríe de aquellos que solo se
deican a morir lentamente en ves de vivir mientras se puede.
Andres
Varon
El alcance del progreso
(107 )
Un sonido estridente me
despierta, sacandome del reino que no queria
abandonar, la mano coge
con fuerza aquello que animos me da para continuar
un dia mas.
Su suave tacto es
estremecedor, lineas finas talladas por un artista que ya
pececio se debaten en la
mano, y queda ahogada por el tabaco.
El fuego que da muerte es
el principio de la relajación, y me levanto
pesadamente, recordando
con nostalgia mi reino.
Abandono mi vieja casa,
recorro calles que conozco de sobras, caras que se
pierden entre la marea, y
me detengo para observar un letrero, un letrero
que pronostica una
posible muerte, una muerte mas horrible de la que pueda
imaginar.
Miro al cielo, una espesa
nube negra cubre el sol, pero no trae a la lluvia
o al trueno, si no que su
nacimiento se debe al progreso.
Una sutil sonrisa recorre
mi rostro, pienso defraudo en males que son
aceptados, me muevo, y
espero a que me alcance el progreso.
Alejo Rius Cortes
Todos a la cárcel
(106 )
El anciano se levantó lentamente de su
sillón. La luz azulada de la farola comenzaba a entrar de
forma tenue por la ventana de salón. Como cada día, cogió la
gabardina y salió de su casa con el pretexto de dar un
paseo.
Salió del portal y se dirigió con paso
acelerado hacia el callejón situado en la parte trasera del
parque. Se detuvo justo a la entrada de la callejuela donde
las farolas rotas aseguraban la necesaria oscuridad. Los
cristales rotos en el suelo y la abundante basura le
recordaban que estaba en la parte de la ciudad que no se
enseña a los turistas. Una demacrada prostituta lo observaba
con curiosidad desde la esquina. Respiró hondo y comenzó a
caminar lentamente; dejó detrás la triste imagen de dos
chavales jóvenes compartiendo una
desgastada jeringuilla, junto a otro que esnifaba sobre un
cristal. Un tipo bajito de aspecto desgarvado contaba los
billetes de una cartera que minutos antes había sustraído en
el parque, aún llevaba la navaja abierta en la mano derecha.
Se acercó al contenedor de la basura y
tras mirar a su alrededor reflejando la angusatia en su
rostro, se ocultó tras de él. Introdujo una mano en el gabán
y sacó una bolsa de papel arrugada, donde ocultaba en su
interior una flamante pipa curva cargada de un tabaco algo
seco, que dejó en la bolsa un ligero aroma a latakia. La
encendió lentamente cerrando los ojos al aspirar, sentía
como el aroma y el sabor de aquel tabaco le rejuvenecían
varios años. Durante algunos minutos permaneció perdido en
los recuerdos, meditabundo, entre golpes de humo no
alcanzaba a comprender la idiotez humana.
De pronto se hizo un silencio
sepulcral, roto por la estridente sonoridad de las sirenas
policiales. Levantó la cabeza y soltó una bocanada de humo.
Se había quedado solo en aquel antro, todos habían
desaparecido con la experiencia que les daba saberse unos
proscritos. Giró la cabeza a derecha e izquierda y un sudor
frío recorrió su cuerpo. Varios uniformados de antidisturbio
salieron de los dos coches de la policía que taponaban las
salidas.
Encajó la pipa en su boca y aspiró
suavemente. Sabía que podía ser la última vez. La mirada de
repulsión de los guindillas no dejaba lugar a dudas, era una
redada, esta vez lo habían pillado.
Fernando
Dulce
compañía
(105 )
Aquel
canoso hombre, que miraba el atardecer, sentado en la
cubierta del barco más grande que había llegado al puerto,
pasaba inadvertido ante el movimiento de los estibadores y
todas aquellas personas que tenían una misión a bordo. Al
caer la noche un suave olor a tabaco se confundía entre el
olor a brisa marina y el oxido del barco.
Las actividades a bordo no cesaban y aquel hombre impávido,
parecía ya haber zarpado, con su mirada al infinito y tras
largas bocanadas de su interminable pipa, parecía ser dueño
del tiempo y de la vida, no estaba en su mente pensar el daño
que se hacía, ni
siquiera la ronca tos, removía su conciencia, quizás, tenía
sus razones; los recuerdo lo sacudían, su familia lejos, la
enfermedad de su madre y un triste suicidio de su retoño,
que más podía cobrarse el destino, de aquel lúgubre
hombre, el cual en su interior encontraba la paz de la
experiencia, la sabiduría de toda una vida dedicada a andar
por los caminos del mar; el aroma a tabaco perfumaba esa
postal, hasta las gaviotas nocturnas, bohemias y sin hogar,
llegaban atraídas por el humo fugitivo que salía de
aquella aromática pipa, al vaivén de las horas y el largo
esperar, fumaba y fumaba.
De pronto la calma se adueñó de la cubierta, todo
el personal se retiró a descansar y el tabaco de aquella
pipa llegaba a su final; el hombre canoso se puso de pie,
acercándose a la proa, la separó en dos, soplando con
fuerza tiró los restos
al mar, guardó su reliquia en un bolsillo de su
chaqueta, la inspiradora compañía dejaba de humear,
siguiendo su paso cansino el hombre se dirigió al interior,
desde la guardia nocturna se escuchó un grito: “buenas
noches Capitán”.
Rodrigo
Latorre Mosjos, Chile
Menos
humos, nena (
104 )
Montse estaba hasta los pelos de los sobacos de mí y de mis
humos, de mi olor nicotínico, de mi eterna carraspera.
Vengativa y mordaz como una barracuda en celo, se subió en
la ventisca furibunda del odio y me tiró la colección de
pipas que heredé de mi padre al mismísimo fondo de la
basura... ahí, donde más duele.
Con paciencia de pescador, metí mano entre el espagueti
tieso, el oso buco Alfredo, los Tampax cargaditos y la borra
del café colombiano. Heroico, las rescaté una a una.
Hijas mías, queridas, lindas, dueñas de mi alma maltrecha,
de mis pulmones negros, de mis sueños resquebrajados, de mi
corazón desconsolado, de mi callada y humeante
sinrazón.
Montse, interesadota, quiso “volver”. Me cantó el tango. Yo,
reflexivo, me animé a fumarle mi descontento en la cara. En
un par de soplidos leoninos de ambos
lados, se armó la de San Quintín. Ella gritó cáncer;
yo le espeté mierda. Con las peras puestas a cuarto,
ella me dijo que a fumar a la puta calle. En dos segundos me
hizo la maleta y el material más pesado lo largó
directamente por la ventana. Qué humillación, qué fascismo,
qué malos modos tan cuartelarios. Los vecinos, pérfidos,
reían como hienas al verme recoger mis efectos más
personales regados de mala manera por el jardincillo que
muere reseco en la entrada del edificio donde residimos,
aquí, en Santa Mónica, California. En los restaurantes no
puedo fumar, en los bares tampoco. Seré victima de la calle.
Digno, me fundiré, me extinguiré entre el humo de los 4x4...
con el perro fiel a mi lado, las tarjetas de crédito en el
bolsillo y los ahorros en el banco a mi nombre. Al
despedirme con un golpe de mangas le grité a Montse:
Menos humos, nena.
Juan Pablo León , Francia
Solitario
( 103 )
Volví a
ver a mi padre, muerto en la dictadura.Por fin me atrevía a
volver al sitio donde se le vio por última vez, no existío
una carta , una llamado , ni un cadaver, solo se encontró su
vieja y fina pipa, y un charco de sangre en su casa de
campo.Por fin me atrevo a ver pasar por mi mente tantos
momentos en que solos estabamos.Tomo su pipa , la huelo , la
auscuto, mis ojos se llenan de lágrimas , mientras recuerdo
sus palabras" este vicio es solo mio, quizás me mate algún
día".Lo más irisorio es que lo mataron sus compatriotas, los
mismos que olvidaron llevarse la vieja y fina pipa de mi
padre.
Juncal
El
cuadro de Marisa
( 102 )
Como
cada tarde se dirigía a casa después de una larga jornada de
trabajo. Ya empezaba a hacer frío. Oscurecía más temprano.
La gente se quedaba mas en casa. Los días parecían mas
tristes. Y los ánimos de Marisa se esfumaban como ya habría
hecho el verano.
En todo
este cuadro gris aun cabía la imagen de una ambulancia que
parecía volar por la carretera en su misma dirección.
Antes
cuando vivía con sus padres y hermanos cuando se cruzaba
con una ambulancia o los bomberos... siempre padecía que no
hubiera pasado algo en casa. Pero ahora no hacia falta
pensar en eso. Hacia dos años que se había independizado y
la casa de sus parientes quedaba varios kilómetros de ahí.
Nadie la esperaba en casa.
A los
pocos metros de su portal las vecinas se abalanzaron sobre
ella para contarle de la desgracia que había sucedido
minutos antes. Un vecino de la calle había muerto
atropellado al cruzar la carretera por un conductor en
estado de embriaguez y éste fallecía poco después.
El viejo vecino en cuestión resultó ser el marido de la
señora Braulia, ni siquiera recordaba su nombre. No era muy
hablador. Lo solía ver cada noche cuando se asomaba a la
ventana a fumar un cigarrillo antes de acostarse. Lo veía
recostado en su sofá marrón oscuro, fumando con su pipa
negra, mirando la televisión o sino observando su propio
humo como el mas entretenido de los documentales.
los dos
fumaban a la vez. Ella su cigarrillo rubio y el su pipa
negra. Ella mirando la ventana como si de un cuadro se
tratara y el sin la mas mínima sospecha de ser observado.
Se
podría decir que el viejo y su pipa ya eran parte del
decorado de su vida. Era la última imagen con la que se
acostaba muchas noches.
Esa
noche al salir a fumar su primera mirada se dirigió a la
ventana donde el viejo se sentaba en su sillón y solía
fumar en su pipa y ver la televisión, pero en su lugar
estaba una mujer con el pelo blanco y un vestido negro.
Sonriendo vagamente a la vez que llorando mientras
acariciaba con torpes manos, un pipa negra.
Empezó a
llover. Tímidamente el agua iba acariciando el suelo gris
como las lágrimas de Braulia iban acariciando sus mejillas.
La mujer cerró la ventana y nunca más se volvería a abrir,
desapareciendo así una pequeña parte del cuadro de la vida
de Marisa.
Merche
M.P (Barcelona, España)
Desde la otra orilla
( 101 )
Desde la otra orilla del rio, te veo,
tan lejos, difuminado, no te conozco, es como si fueses un
extraño.
Te miro, queriendo encontrar en ti,
algo conocido que me haga recordar quien eres, pero no lo
encuentro.
Estoy ahí parada mirando el rio, cada
vez que te miro mas te difuminas y llego a confundir tu
figura con los árboles, con el agua, con el cielo.
Te vas alejando de mi y sin embargo
estas ahí, no te veo pero te huelo, el humo te envuelve y un
olor inconfundible
llega hasta mi.
Desde la otra orilla del rio, te miro,
te quiero, aunque te parezca imposible, te quiero, tanto,
que se me rompe el corazón al ver como te desdibujas, como
te hundes y te confundes con el aire, con el agua, pues a
través de mis lagrimas ya no puedo verte, tan solo sentirte,
olerte y al recordar por fin quien eres, es tanta la
angustía de no poder estar a tu lado, que se parte el alma.
Desde la otra orilla del rio, te miro
y al ver la inconfundible pipa en tu boca, todos los
recuerdos me viene a la mente y solo deseo cruzar el río
como sea, incluso volando en el humo de tu pipa, para poder
volver a sentir tus labios en mi boca, para respirar ese
aroma que me hacía perder los sentidos, para envuelta en tu
humo volverme loca de nuevo
por
ti amado mio.
Ana F.
Faya
La Pipa de
Offset
( 100 )
En
una de aquellas enciclopedias que se contaron entre las
primeras impresas a color, descubrí la fotografía de una
pipa inca; labrada en madera, con la cazoleta de base
trapezoidal, policromada según el uso artesano de la época.
No recuerdo qué volumen ni qué enciclopedia. Pero sí que la
consulté en Lalín.
Los incas llamaron sairy al tabaco; término que
también se usó como antroponímico, para designar a los
varones de más rancia alcurnia; y era entendida entonces la
palabra Sairy como Noble y Protector. Por aquella época, el
tabaco se sembraba disperso entre los cultivos; pues debido
al DDT que contiene, espanta los insectos del entorno.
Advirtiendo el comportamiento de la planta de
tabaco, los incas dedujeron que tenía un ánima bondadosa, la
de un anciano de raigambre ancestral. No he visto ninguna
otra pipa inca, pese a que hace más de veinte años que
estudio las civilizaciones andinas. Estaba de paso por la
Biblioteca Municipal de Lalín, y no tomé nota alguna. Sabía
que los aborígenes esnifaban tabaco en polvo, mas no que
fumaran. Algunos virreyes lo impusieron como moda de la alta
sociedad; y así llegó a París donde se le llamó rapé.
Imagino que los poseedores de la pipa inca no
habrán estudiado su contenido. Por el contrario, hace unos
años se analizaron las cenizas de la pipa de William
Shakespeare, desvelando que el genio fumaba marihuana.
Pensaban aquellos indígenas, que si el tabaco
tiene un ánima anciana y sabia; la marihuana en cambio,
guarda un espíritu infantil y lúdico. No sé qué fumaban los
soberanos cuzqueños. Pero en estos tiempos de inquisidores
renacidos, me inclino a creer que se decantaron por la
marihuana para divertirse, y por el tabaco para pensar.
Sayri Thupa
Mi
jefe: el coleccionista
( 99 )
Quedé
sin trabajo producto de no haberle regalado la pipa que
tanto añoraba mi jefe.El un maniatico de las colecciones ,
las añoraba a todas, las deseaba tanto como deseaba las
piernas de su secretaria.Todos las navidades jugabamos a
intercambiar regalos y todos los años todos trataban de
congratularse con el jefe, regalandole , las famosas pipas,
el las atesoraba en un hermoso estante cromado con plaqué y
broncé.Ese año y pensando en la salud de mi jefe pensé en
regalarle otra cosa, un libro de poemas...era más ...culto,
sin embargo al repartir los obsequios y abrir el mio , me
miró con una cara desafiante , que a todos inundó de
terror.Y acá estoy buscando trabajo en un diario... sin jefe
y sin dinero, todo por una fina y obsesiva pipa.-
Juncal
La pipa y
Leonor
( 98 )
La primera vez que la ví fué en mi la visita a su
apartamiento. Me facinó verla en su caja negra enlacada
japonesa. Estaba dentro encajaba en la endija hecha
especialmente para conte -nerla exactamente a su forma, el
material era de terciopelo color violeta claro y al verla
sentí ese impulso de tocarla, tenerla entre mis
manos. El fumar me recordó a mi padre y a tia Marujita que
tambien andaba en mis recuerdos con una pipa especialmente
hecha para ella. Los dos ahora muertos sin pul -mones por
enfisema. Leonor me sacó de mis recuerdos y con un gesto muy
rápido cerró la
caja y la pipa desapareció de mi vista. ¿Te gusta? Si, se ve
hermosa, le dije. No sabìa que fumaras! terminé diciendo.
Ella rió, se acercó a mi y me besó en el cuello. Terminamos
juntos disfrutando de nuestros cuer -pos y cuando desperté.
Vi que ella volvía del baño desnuda, el sol y agua en su
cuerpo se regaban en su piel color tabaco. Era hermosa y más
con esa satisfación que me había colmado. Tomó la caja negra
y la metió en un armario, volvió a la cama diciendo: Ahora
que te tengo, creo que no voy a usarla más. Se tendió sobre
mí, riendo me dijo algo. Y nos amamos.
Elisabeth
Zehetner
Una pipa llamada Paz
( 97 )
Simultáneamente al humo que despide su conducto, veo a
través de este a un Guevara y un Hemingway. El primero, allá
en la Higuera, momentos antes de su último combate,
meditando a cerca del plan. Al segundo, sentado en la bahía
bautizada con su propio nombre, esperando algún pescador,
objetivo para un posible relato.
Pero ahora parece que ya nadie se acuerda de cómo se utiliza
la pipa, el fumador de tabaco rubio hace ascos al tabaco de
pipa oler. Quizás por envidia a su elegancia, o por que no
fue un cigarrillo el que apareció en el primer collage de
Picasso.
A esta se le atribuye y asocia con la vejez, la soledad o a
ese ser reprimido que está allá abajo en la esquina del bar
leyendo,
fumando y escribiendo. Ojalá el esfuerzo de los jefes indios
americanos hubiese servido para algo, más si no fue en vano,
la paz hoy en día no se recuerda ni fumando la pipa de la
paz ni firmando un tratado.
Son los mismos, aquellos que se negaron y no negociaron, los
que de humo de coches e industrias nos llenaron, los que
dicen que el humo de nuestra pipa molesta y perjudica
seriamente a la salud. En mis pensares aún reside una
utópica esperanza en la que espero que algún día, al
encender la próxima carga de mi pipa, pueda llegar a
visualizar a través de la cortina del despedido humo, un
mundo futuro como el que nos ofrecían entonces aquellos
sabios jefes de las ya desaparecidas tribus
Americanas.
J. Zafra
Recordando
( 96 )
Mirando
la luna reflejada en el támesis, recluído en esta torre.
Rememoro acontecimientos de vida. Combates junto a Hugonote,
la fundación de nuestra primera colonia en norteamérica, el
honor de ser nombrado caballero.
Sentado,
fumando mi pipa, me pregunto por cuantos de estas hazañas
seré en un futuro recordado. Quizás por mis escritos o por
fin mi búsqueda del dorado tenga éxito.
Mi
nombre es Walter Raleigh, y quien lea esta carta que se
pregunte, ¿qué hize para tener el orgullo de ser recordado?.
Londres,
1614.
Rebeca
Papel de pipa
( 95 )
¿Dónde
has puesto las escrituras abuela?, Decían a Doña Catalina
sus nietos después de haber asistido al entierro del abuelo.
Doña
Catalina los castigaba con el silencio mientras mirando a
través de la ventana de su mansión, recordaba aquellas
tardes en las que junto al abuelo se decían: ¿Te imaginas
cuando tengamos nietos? Mientras fumaban juntos de una misma
pipa, contenedora ceremoniosa de las fragancias que se
habían quedado en Cuba y que sólo revivían cuando abrían el
saquito de tabaco que su marido embarcó cuando tuvieron que
dejar la tierra que les vio nacer para volver a la Barcelona
que habían dejado sus padres.
Aquel
día para Doña Catalina la pipa no sabía como entonces, ese
día sabía a decepción y a riqueza, quizás también un poco a
herencias, a papel, con un ligero toque de justicia.
Manuel
Armayones Ruiz
Junto a ti
( 94 )
Salí a
caminar por el sendero, ese mismo que vio nacer nuestro
amor.Hoy ya casi terminando mi vida, me doy cuenta que mi
medico tenía razón" en un tiempo más , deja tu pipa , ya que
tus pulmones te pasarán la cuenta" y así fue , estoy acá
tratando de subir el sendero , ese que me vio nacer y que
hoy cobra con cada gota de respiración y sudor.
Juncal
Las treinta horas del genio
( 93 )
Albert
Einstein estuvo treinta horas en La Habana en Diciembre de
1930 y se fumó seis pipas del afamado tabaco negro de Vuelta
Abajo. Esa tarde, en respuesta a una velada crítica que le
hiciera en alemán uno de los presentes
por
fumar en la sala magistral de la Academia de Ciencias,
Físicas y Naturales de La Habana y la Sociedad Geográfica de
Cuba –lugar donde le rendían homenaje–, respondió sin tapujo
alguno
que él
era un hombre tan común e imperfecto como cualquier otro.
Miró a su interlocutor y en su imperfecto español le dijo:
– Fumar
en pipa me predispone a juzgar con calma y objetividad mis
otros actos humanos. Además, el humo me ayuda a descubrir
los secretos del universo.
Veinticinco años antes, Einstein había publicado una de sus
teorías donde explicaba como las moléculas de un gas se
encuentran en constante
movimiento aleatorio y que a menor tamaño y viscosidad de
las moléculas, su movimiento se acelera. Cada vez que fumaba
su pipa, validaba su teoría en los movimientos espirales del
humo expulsado por su boca.
A su
regreso al vapor Belgenland, Einstein recorrió algunas
calles de la ciudad y en una de sus esquinas se fijó en un
pordiosero negro que mascaba y escupía los residuos de un
tabaco de mala muerte. En su diario personal, el genio
anotó: La Habana , clubes lujosos al lado de una pobreza
atroz que afecta principalmente a las personas de color. Si
no fuera por el tabaco...
Marcio Estrada,Manzanillo , Cuba
La
reunión
( 92 )
Un
nuevo inquilino asistía a la reunión anual de vecinos
celebrada en el portal del edificio. Procedía de un poblado
de algún lugar de américa y no entendía ni una palabra de
nuestro idioma, pero pensó que era una buena manera de
integrarse. Una vecina inició la reunión gritando muy airada
"No hay derecho… Aquí ya no se respeta nada…" A los cinco
minutos de sonidos varios el resto descubrió que hablaba
sobre los fumadores "…que la gente entra fumando en el
pasillo y después no hay quien pase, y no hablemos ya de si
entra en el ascensor, ¡eso es para asfixiarse!". El nuevo
inquilino
permanecía inmóvil en un rincón, atento a los gestos,
convencido que se estaba tratando un tema vital para la
comunidad por el tono empleado. Otro vecino, fumador, quiso
tranquilizarla con buenas palabras, pero la señora no
atendía a razones, estaba empecinada en que se debía
prohibir fumar en el edificio. El vecino conciliador le
contestó que no era necesario llegar a tales límites, a las
prohibiciones, que hablando podrían entenderse. El nuevo
inquilino seguía observando silencioso desde su rincón,
mirando a cada uno cuando hablaba. Al final parece que
llegaron a algún tipo de acuerdo y se dieron la mano. El
nuevo inquilino sonrió, las palabras siempre solucionan los
problemas. Se levantó y empezó un pequeño discurso sobre la
harmonía del grupo, que nadie entendió. Cuando concluyó
mostró un extraño objeto alargado, de madera. Encendió un
extremo y aspiró profundamente por el otro, exhalando una
larga bocanada de humo. Volvió a sonreír y le entregó su
pipa de la paz a la persona que tenía a su lado.
Francesc Sisteré Recasens
Mala racha
( 91 )
A
finales de diciembre, los vértigos de Joaquín se
certificaron en una grave lesión cerebral que lo dejó en
silencio definitivo sobre el lecho de su cama. Durante el
entierro, Francisco se encendió una buena pipa mientras
despedía con los ojos a su amigo, que ya se lo llevaban
encajado. Aquel humo arbóreo y robusto como la cubierta de
un barco le pareció eficaz para cruzar las tempestades que
sentía dentro, y ahondó las bocanadas por tal de notar mejor
el ardor de los labios, el calor del pecho, y en resumen el
ánimo que aún le calentaba a pesar de las lágrimas que se le
iban cayendo.
Cinco
meses después, Samuel, el más calavera de todos ellos, no
supo o no pudo ver los tumbos que llevaba dando el coche de
detrás desde hacía un rato. En una maniobra infernal, que
rompió el silencio de la noche con chirridos y ruido de
cristales, su moto se vio arrollada por aquel conductor
embriagado. La penosa luz de una sala de urgencias tuvo que
ser el escenario de una nueva noticia trágica. Mientras los
demás se lamentaban adentro, Francisco prefirió salir
afuera, y encenderse la pipa entre el vaivén de las
ambulancias que se iban a recoger más peligros. Y oyendo
aquellas bocinas de urgencia, y aquellos llantos, sintió
como el humo caldeado en su boca le daba un peso en el
suelo, y la roja lumbre del tabaco quemado, un lugar en
mitad de las sombras de la madrugada.
Aquella
infausta cadena se cerró con Pedro: un brutal ataque partió
su corazón en mitad de la calle, una mañana de enero. Esta
vez Francisco optó no asistir al último encuentro, y se
quedó sentado en una pequeña butaca que tenía en casa,
recordando a sus tres amigos, leyendo una macabra
advertencia del paquete de tabaco, mientras saboreaba una
pipa acogedora como un abrazo, y pensaba en cómo aquel
artilugio insano, en momentos de muerte, a él le daba vida.
Carlos Quesada Casado
Aeropuerto
( 90 )
La
azafata me miraba a veces, como si yo tuviese la intención
de encender mi amada
pipa.Claro, ganas no me faltaban, pero como el vuelo no
sería demasiado largo, me limité a juguetear con la curtida
madera entre mis manos, alguna vez entre mis labios
ansiosos. En el bolsillo de mi chaqueta estaba la tabaquera
de cuero y el encendedor, un Prince Pipette. Recuerdo haber
sacado una hebra de delicioso tabaco y amasarla suavemente
entre mis dedos, llevarla hasta la nariz y apreciar la
sinfonía de notas que componían su perfume casi inabarcable.
Al llegar a Luxemburgo quise celebrar la ocasión fumando una
buena pipa, pero no hallé un lugar sensible a las
necesidades de los grandes placeres de la vida: En ningún
sitio se podía. En ese momento, alguien me tocó el hombro.
La azafata, que era nativa de
ese
país. No le costó muchos segundos convencerme de que la
acompañara, pero recuerdo con especial ternura la disculpa
que me ofreció por mirarme en forma amenazante. Como me
sobraba el tiempo, accedí. Llegamos a su casa, una gran
finca en las afueras de la capital, y para mi sorpresa, lo
primero que hizo fue presentarme a su padre. Deportivamente
acepté la pequeña broma de la vida, pero mi sorpresa fue
mayúscula cuando el buen señor Bergier me invitó a pasar a
su sala de fumar. Incontables pipas, compañeros, incontables
y bellísimas pipas de todas las épocas, con finísimas
tabaqueras olorosas. Un excelente cognac estimuló la charla,
a la que se sumó luego la muchacha, y el humo siguió
elevándose hasta la tarde. Como verán, el tiempo se fue sin
sentirlo, y luego no pude resistir la tentación de unirme a
Ingrid y de hacerme amigo de su padre. Pero les prometo
visitarlos pronto, cuando regrese a la patria, y contarles
otros detalles de mi vida en el que hoy es mi nuevo hogar.
Carlos Burre,
Argentina
La pipa de Astria
( 89 )
Cuentan
los sabios de los pueblos del Norte que hacia el siglo VII
antes de nuestra Era, había una región a la que sus nativos
llamaban Astria, y sus pocos vecinos sólo atinaron a
bautizarla como el Gran Desierto. En realidad, la identidad
de Astria se fundaba en la producción de un tabaco azul, que
era fumado en pipas de raíz de neem. Esta suntuosa madera
era intercambiada con otros pueblos amigos por frutos de la
tierra y por una cantidad no determinada de historias que
sus ancianos contaban, escuchadas (y luego reproducidas con
fervor) por los mercaderes. Pero no el tabaco azul. Ese
tabaco era un producto sagrado,
ritual,
que sólo sus maestros fumaban para contactar a sus dioses,
acaso para establecer una conexión universal con su
Mismidad. Como sea, la historia -ingrata niveladora de todas
las naciones- sumió a Astria entre las arenas del desierto y
las del olvido, y ningún vestigio logró sobrevivir. Hasta
que recibí mi grado de Arqueólogo, señor Botlin. Hasta que
encontré esta pipa, ésta misma, luego de 26 años de
búsqueda, en la tumba de Monasis, uno de sus grandes
sacerdotes. Y junto a este... muy, pero muy pequeño paquete
de tabaco azul, ambos grandemente conservados por el clima
de la región. Ah, el precio, claro... No es excesivo... No,
no necesito dinero. ¿Qué? No, tampoco poder, mucho menos.
Tal vez si
usted
abre la caja fuerte que hay detrás de ese Klimt, quizás
pueda verse alguna cosilla que me guste. ¿Le recuerdo la
combinación? Oh, vamos, señor Botlin, relájese. Sólo vine a
hacer negocios. En fin, me gustaría recordarle que sé que
usted posee la última pizca de tabaco rojo que prohibieron
los Mayas, seis siglos antes de Cristo. Así que hablemos...
O fumemos.
Carlos Burre,
Argentina
Exquisiteces del gusto
( 88 )
Muy a menudo me siento a recordar el intenso aroma deltrigo
en un fundo de gran inmensidad, cuando al atardecer los
animales silvestres realizan su recorrido de vuelta a sus
madrigeras, esa sensacion de libertad que recorre todo mi
cuerpo, se estremecen mis sentidos y se turba mi
mente..... Malaya sea mi suerte, al meter mi mano al
bolsillo y darme cuente que por descuido mi pipa se ha
caido, una nostalgia a mi ser de arrima, algo me recorre y
no es la nicotina, mi sangre se enerba y la rabia se anida,
al percatarme que en el otro bolsillo hay un papelito que
dice, fumar para ti es prohibo. Un silencio aterrados
ensordecio mis oidos al evocar las palabras que el medico un
dia me dijo, si sigues fumando pipa pasaras al olvido. En
ti, el cancer los pulmones se ha comido y depende de ti el
aun sigas vivo. Una a una esas palabras recorrieron mi
mente, no se cuantos horas quede dormido, recordando el
dulce sonido del tabaco ardido, que dentro de mi pipa emana
un humo de romances y amorios, que dentro de mi boca se
queda para siempre hundido.
Dr.
Carlos a. López Scovino
¿Prohibición eterna ?( 87 )
Al
quedarme viudo, recién cumplidos los cincuenta, me fui a
vivir con mi hija. Sólo me puso una condición: no fumar
dentro de casa. Y yo, para no molestarla, salía con mi pipa
a la terraza. Tantas horas pasé allí que hasta los pájaros
alegres y graciosos me piaban.
En
aquellos años el Director Gerente lo prohibió en la oficina.
Y a media mañana, en vez de tomar bocadillo, aprovechaba
para fumar en el pasillo. Como mi pipa llamaba la atención,
no había quien no se parara a hablar conmigo, incluso el
Director, quien me cogió confianza y acabó ofreciéndome un
puesto superior que yo encantado acepté.
La ley se
encargó de dividir a fumadores y no fumadores. Los primeros
debíamos andar por los números impares de las calles y los
no fumadores, por los pares. Así que mi pipa y yo aprendimos
la nueva ruta diaria coincidiendo a las nueve en punto,
justo en la esquina de la plaza, con una simpática mujer que
regaba cantarina sus flores y plantas. Así día tras día
hasta que no sé cómo, nos hicimos amigos, después novios… Y
nos casamos.
Pero me
lo acabó pidiendo: “deja de fumar esa vieja pipa”, me dijo.
Así que
ahora fumo a escondidas. Me encierro en el baño; en el único
sitio que me pertenece unos minutos al día y aspiro
desesperado el calor que me ofrece mi amiga pipa. Sólo
espero que el día que me entierren se venga conmigo para que
en ese viaje me acompañe a un paraíso donde no nos puedan
separar ni me prohíban más fumar.
Mercedes
de la Fuente
Ritual
bicultural
( 86 )
Un campesino enterró sus
últimos recuerdos con una pipa gastada que un
norteamericano
cosmopolita perdió entre las ruinas del Macchu Picchu.
Cuando
echó la última porción de
tierra para iniciar el ritual que aprendió desde
sus antepasados Incas,
sintió una punzada en la espalda. Antes de morir,
alcanzó a ver al
norteamericano manchándose las manos de tierra en su
desesperado intento por
recuperar su pipa, ahora extraviada entre los
ancestros prehispánicos.
Luis Miguel Cangalaya
Sevillano (Lima-Perú)
Lo ilógico de lo real
( 85 )
Cualquiera
de las noches que bañan el cielo y lo pintan de lúgubre, en
lo quirúrgico de los ambientes que acompañanan a los
eminentes hombres de blanco, o en lo calido del lecho
nupcial de los amantes enceguecidos, el dolor desgarrante y
un grito que surge de las entrañas, se abre paso la vida y
se comienza a morir un poco….el frió da la bienvenida al
cruel mundo que se sostiene sobre leyes que ahogan a los
sentimientos…..a los pocos años la gravedad nos prohíbe
volar con el cuerpo y luego la cruda realidad de los
conceptos que ya existen nos prohíben volar con la mente,
mientras que sin sentir , seguimos muriendo…. El mundo mismo
nos prohíbe preguntar y tras los conceptos impuestos, las
mentes de los hombres maduran y comienzan a entender el
mundo de una nueva manera…comprenden que la realidad misma
es relativa y que la gravedad fuera de ser un obstáculo, fue
el reto para volar con el cuerpo mientras que la mente es
aun mas fácil de liberar de las cadenas absurdas de los
conceptos impuestos al entendimiento…es sencillo encontrar
en pedasitos de realidad instrumentos que permitan vivir
mientras se muere….asi, mientras la mente se hace libre al
compartir las ideas de sabios que plasman sus ideas en papel
y el placer que dona el suelo, se combinan en un solo
instante de grandeza coceptual, las prohibiciones en la
mente del hombre mismo mueren, y la raza se hace grande
mientras este comprende que increíble es ser, aun en el
pequeño instante cosmico que llamamos vida. Lastima que la
prepotencia de la ignorancia se empeñe en morir mas lento y
en obligar a los demas a hacerlo, en vez de vivir dentro de
los parámetros irrefutables e infinitos que ofrece la
comprensión y respeto de lo increíble que es la posibilidad
de creer, pensar y existir individualmente para el beneficio
de las masas.
Andres Varon
Que me alcance
el progreso
( 84 )
Un sonido estridente me
despierta, sacandome del reino que no queria
abandonar, la mano coge
con fuerza aquello que animos me da para continuar
un dia mas.
Su suave tacto es
estremecedor, lineas finas talladas por un artista que ya
pececio se debaten en la
mano, y queda ahogada por el tabaco.
El fuego que da muerte es
el principio de la relajación, y me levanto
pesadamente, recordando
con nostalgia mi reino.
Abandono mi vieja casa,
recorro calles que conozco de sobras, caras que se
pierden entre la marea, y
me detengo para observar un letrero, un letrero
que pronostica una
posible muerte, una muerte mas horrible de la que pueda
imaginar.
Miro al cielo, una espesa
nube negra cubre el sol, pero no trae a la lluvia
o al trueno, si no que su
nacimiento se debe al progreso.
Una sutil sonrisa recorre
mi rostro, pienso defraudo en males que son
aceptados, me muevo, y
espero a que me alcance el progreso.
Alejo Rius Cortes
!
Esa sí es una pipa !
( 83 )
Don Rodrigo no
sólo era un gran fumador en pipa, sino que se vanagloriaba
de poseer una valiosa colección de ellas.
Su esposa, una
buena señora, aunque algo tonta, no entendía absolutamente
nada sobre la pasión de su marido, pero eso no le impedía
disfrutar las disertaciones que este ofrecía sobre el arte
de fumar en pipa y los distintos tipos de ellas, cada vez
que alguien los visitaba.
A continuación
e invariablemente, estas explicaciones en las tertulias
hogareñas eran el preámbulo para que Don Rodrigo mostrara
con orgullo su colección, en la que figuraban, entre otras
muchas pipas, una elegante Bell/Tomato, una llamativa Bent
Bulldog, una hermosa Hawlbill, una Gourd Calabash que era
muy admirada, hasta concluir con una Vest Pocket de enorme
cazoleta, que era su favorita.
Un día, Don
Rodrigo y su esposa fueron a visitar a un amigo músico. Y
después de conversar un buen rato sobre pipas, el anfitrión
también quiso introducir en la charla el tema de su
preferencia, por lo que abrió un estuche que tenía sobre una
mesa y extrajo un reluciente saxofón tenor.
Al verlo, los
ojos de la esposa de Don Rodrigo se abrieron como platos, le
dio un codazo a su marido y no pudo evitar exclamar:
-¡¡Esa sí es
una pipa y no las que tú tienes en casa!!
Juan
M. Betancourt González (Betán)
¡Gracias ,
querida pipa !(
82 )
Abrí los ojos haciendo un enorme esfuerzo, pues los párpados
me pesaban como si fueran de plomo. Vi las caras muy serias
de varias personas con gorros verdes que me observaban
atenta y minuciosamente.
Enseguida me percaté de que estaba acostado en una camilla,
pero no tenía la menor idea de cómo y por qué había llegado
allí.
Quise incorporarme, pero me lo impidió un dolor agudo en la
parte posterior de la cabeza y comprendí que debí haber
recibido un fuerte golpe en esa región, pero tampoco
recordaba quién o con qué me lo había pegado.
Peor aún era que no me acordaba de quién yo era, ni tan
siquiera cuál era mi nombre, por lo que no podía responder
las preguntas que me hacían los médicos y enfermeras que me
atendían.
Me palpé el cuerpo con ambas manos y me di cuenta de que
llevaba una chaqueta puesta, por lo que tuve la esperanza de
hallar mi cartera con los documentos de identidad en el
bolsillo interior. Mas una rápida revisión bastó para
comprobar que allí no estaba. Seguramente me la habían
robado.
Desesperado, volví a palparme y fue cuando noté algo duro en
el bolsillo inferior derecho de la chaqueta. Introduje mis
dedos en él, agarré el objeto que estaba en su interior y lo
puse ante mi vista... De inmediato se hizo el alba en la
oscuridad de mi memoria:
¡Gracias a mi querida pipa recordé que yo era Sherlock
Holmes!
Juan M. Betancourt González (Betán)
Un mundo para la razón y la
realidad(
81 )
El
mundo no es mas que la creación conceptual de una mente que
decide entenderlo como el conjunto de formas bañadas por la
luz….la luz de un mundo que se desnuda ante la vista del
observador y que susurra al oído agudo del estudioso,
mientras descifra lo que esconden las formas en las
porciones de las mismas, que se disimulan a la mirada
vigilante de la iluminación diurna, así transcurren los días
de gloria del conocimiento…. Y en un segundo sucede lo
inevitable, la inseguridad acerca de lo poco que se sabe
sobre la existencia propia y el sentido del ser, hace que se
olvide que tan maravilloso realmente es ser…las razones
desaparecen y las masas se enfurecen en medio del ímpetu de
la ignorancia que yace en la creencia ciega de aquel que
convence sin saber y busca la destrucción de aquello que
jamás ha conocido por cuenta propia…..y que queda?.....nada
mas que conjuntos de formas que se desnudan ante la vista
del observador y que arremeten contra el; inútilmente, por
que el observador sabe que la tradición que yace en su mano
derecha, ha nacido para morir quemada como las brujas pero
que como ellas perdurara en el tiempo dando el aroma
característico de la historia que se dispersa en el
ambiente haciéndose arte en la intimidad del pensamiento
del pipa fumador que observa y ríe de aquellos que solo se
deican a morir lentamente en ves de vivir mientras se puede.
Andres Varon
Deslinde Boscoso
( 80 )
El viejo prendió una larga pipa, el humo que salía desde la
punta de sus rastas dibujaba la visión de un lugar. El
Deslinde Boscoso como lo llamaba la guarra que fregaba la
vajilla en lo de mi prima, es increíble lo que saben los
ignorantes. El viejo emitió un quejido y una sonrisa, sería
mi cara, por las dudas yo también me reí, pero un poco mas
fuerte, empecé a echar carcajadas, bailé a su alrededor y
grité todo tipo de risas. El viejo abrió los ojos grandes o
por lo menos todo lo grandes que fue capaz, me pareció que
las rastas se le paraban como a las trenzas de una niña que
salta la cuerda, una mandrágora que petrifico mi sonrisa
solo por unos segundos, antes que regresara con mayor
potencia, poniendo en peligro mi vida y la paz del Pipas.
Pablo Vázquez
El Concurso
( 79 )
Era de noche, me encontraba en el lúgubre salón de mi casa,
trabajando con la computadora a las penumbras de una vieja
lámpara de escritorio. Ya era tarde y aun no terminaba,
estaba desvelado. A mi lado yacía una taza de café vacía
junto a un rustico cenicero lleno de colillas y mugre. Me
costo un poco mas de lo esperado pero finalmente termine
dicho trabajo. Habiendo superado la hora en la que me da
sueño ya no vi que tuviera sentido irme a dormir, por eso
mismo opte por navegar por las blasfemas paginas de
internet.
Visitando paginas de todas partes del mundo encontré algo
que llamo mi atención. No les aclare que soy escritor, me
atraen fenómenos que a otros no. Entre a una pagina sobre un
club de pipas de Barcelona. Como todo escritor, con soberbia
sonreí para mi mismo y dije algo como “¿tienen club? Yo
podría poner una peña de fumadores de cigarro o habanos”
Contento con mi sarcasmo apunte la frase para agregar a
algún futuro trabajo. Sin embargo algo inexplicable me
atraía mas de lo común, como si no pudiera sacar mi mente de
esa pagina web. Seguí navegando y me entere de todo acerca
del mundo de las pipas. Estaba fascinado y lo que mas me
sorprendió fue encontrarme con un concurso de relatos sobre
pipas. Intrépidamente pensé en escribir algo original tan
solo por diversión.
Comencé a escribir pero no
lograba ponerle alma a la historia, escribí una tras otra
pero todas salían mal. Me costo un instante darme cuenta
donde radicaba el conflicto. No podía describir con total
verdad y sentimientos lo que se sentía fumar en pipa, porque
nunca había fumado.
Al día siguiente adquirí en una tabaquería tres ejemplares
de diferentes motivos en variedad de pipas. También compre
tabaco y todos los elemento para el cuidado de las mismas.
De nuevo en mi hogar realice paso a paso las indicaciones de
cómo utilizarla casi como si fuera un ritual indio. Llegado
el momento encendí el fósforo y aspire. Reconozco que era
maravilloso, hacia mucho tiempo que no me sentía así ante
una nueva experiencia. Disfrute mientras sentía ser
Sherlock Holmes, un jefe Apache, un anciano maestro
oriental y un
sinfín de personajes sobre cuales ya podría escribir en mis
relatos. Con respecto al concurso ya no me importa tanto,
pues el mejor premio fue descubrir esta legendario placer de
fumar en pipa..
Fernando
Drigo. Argentina
El misterio de la pipa
( 78 )
Pau cultivaba desde adolescente el tallado en madera.
Desde su boda, casi un año atrás, había estado trabajando,
en secreto, en su mejor obra: Una bellísima pipa, de
estilizada línea, con la silueta de una mujer,… de su mujer,
reclinada lánguidamente, cabeza y hombros sobre la cánula,
los pies graciosamente apoyados en le borde de la cazoleta.
Su Venus, la llamó. Madera blanca fue la elegida, como la
piel de su amada.
Nerea, a quien su avanzada preñez hacía añorar la
privilegiada figura que lucía la pipa, se ocupó de enterar a
sus amigas, de que la mujer de la pipa de Pau era quien
compartía con él sus noches de pasión.
Cuando el pueblo supo que Pau y Nerea se habían estrenado
como padres, pocos faltaron al desfile de congratulación.
Si hubiéramos ido, habríamos visto a una Nerea feliz,
azorada, cobijando su aceitunado tesoro, que más recordaba
el color del chocolate que el de la leche. Y a Pau,
orgulloso a su lado, fumando su conocida pipa, a cuya
silueta, el humo, había ido otorgando el prodigioso color
que lucía su hija.
Nieves . Santander. Cantabria
Sobremesa
( 77 )
El día ha salido frío, como todo lo que va de mes. La comida
a base de caldo, cordero asado y frutas varias, rematada con
un excelente barquillo sobre lecho de crema inglesa y
chocolate caliente ha resultado exquisita. Matilde me trata
a cuerpo de rey.
La biblioteca estaba helada, debería haber encendido antes
el hogar. En tanto el calor de la lumbre llega a todos los
rincones de la estancia, me cubro con una mantilla las
débiles piernas. Cada día veo más grande el ventanal; será
porque mis ojos, con los años, perciben más detalles del
paisaje que se ofrece tras la cristalera, y del que ya no
puedo disfrutar como antes. El cielo, plomizo, se extiende
infinito en su inmensidad; los árboles, despojados de sus
hojas, se mecen con un vaivén acompasado, adormecedor; y sus
antiguos vestidos, hechos jirones, forman en la fresca
hierba un manto vaporoso, etéreo. Tengo las mejillas
encendidas. Se acerca el mejor momento del día. La costumbre
ha hecho de la sobremesa en la biblioteca la actividad
central de mi vida. Ya llega Matilde. Nunca le estaré lo
suficientemente agradecido. El café está como siempre,
cremoso y calentito. Mientras sorbo, despacio, la veo
preparar la pipa con todo el cuidado y cariño que pone en la
operación. Cuánto la amo. Supe que la amaba la primera vez
que la vi encender la pipa para su padre, porque enseguida
comprendí que una mujer que pone tanto mimo en esta tarea
sin duda había de ser una buena esposa. Conocedora de mi
gran pasión por fumar, admiro cómo aceptó sin reproches mi
decisión de incumplir la prohibición médica. Se sienta a mi
lado y la tarde pasa placentera, entre el humo de mi pipa y
las caricias de nuestras manos enlazadas.
Haver Charro. Barcelona
Últimos besos
( 76 )
Me recreé con la pequeña columna de humo, absorto, sonriendo
mientras la creaba con suaves caladas. No recordaba la
última vez que me había sentido tan libre como ese espíritu
de tabaco resucitando del silo incinerador que era mi vieja
pipa. La tuve como un tesoro durante años, aunque llevaba
bastante tiempo sin poder usarla, sin acompañar mi aliento
con esos deliciosos efluvios con regusto a madera, porque no
se me permitía fumar allí. Fue sin duda lo peor. Me sentía
melancólico, desprotegido, como si hubiese perdido a una
hija. Pasé del todo a la nada en cuestión de instantes, y si
por lo menos hubiese tenido mi exquisita mezcla de Blumenau,
todo aquello habría resultado un mero pasatiempo. Sólo me
quedaba contemplarla y acariciarla con las yemas de los
dedos. Fue maravilloso volver a besar la boquilla, inundar
mis pulmones con ese aromático viento gris, cerrar los ojos
y sentirme vivo de nuevo. Llevaba casi una hora de intimidad
con ella, y se terminó. Fueron nuestros últimos besos. La
guardé con ternura en el único bolsillo que me habían
concedido y asentí a modo de señal para que comenzaran.
El funcionario conectó la silla eléctrica, pero mi sensación
de placer no disminuyó. Aun tenía dentro el soplo de vida
que me dio la pipa. Iba a convertirme en humo tal y como
deseaba, iba a volver a ser yo, libre de nuevo. Ascendería
hasta perderme y fundirme con el que ya inundaba la pequeña
sala. No debía estar triste. Conseguí mi última voluntad,
que fue un poco de su compañía. Sin duda mereció la pena
esperar tanto para volver a encontrarla, para volver a
respirar un poco de la felicidad que me habían prohibido.
Nacho Samper
Humo en los ojos
( 75 )
Mi abuelo siempre me decía que su pipa era mágica. Que ella
podía transportarlo a extraños lugares, moradas de ensueños,
con solo observar la espesa nube de humo que ascendía desde
ella. Uno podía quedar envuelto en aquella nube que le hacía
olvidar todo, viviendo en un mundo imaginario.
Yo crecí y mi abuelo ya no está, pero aún conservo su tan
preciada pipa. Él quiso que fuera yo quien la guardara y la
cuidara. Para mi es como si fuera un tesoro y todavía la
protejo dentro de una pequeña caja.
Después de mucho tiempo, me animé a tomarla entre mis manos,
siempre sentí que debía tratarla con cariño, como si fuera
de cristal. Desde la muerte de mi abuelo, hoy la enciendo
por primera vez y no sé que me va a suceder cuando dé la
primera bocanada. Le coloque el tabaco dentro tal cual
ritual, ansío tanto poder habitar esos mundos que mi abuelo
me contaba cuando era pequeño.
Al sentir el ardor en mis ojos, se que estoy pronto de
conseguir lo que tanto quiero y me esfuerzo por mirar más
allá de la espesa humareda, de penetrante olor. En un abrir
y cerrar de ojos y para mi eterno asombro, un entorno nuevo
y desconocido se alza frente a mi y termino perdiéndome para
siempre en aquel mundo de fantasía. Mi abuelo estaría
orgulloso de mí.
Amancay Martinez. Ciudad de La Punta, San Luis, Argentina
La última pipa de
su vida
( 74 )
Fue condenado a morir en
la
silla de bambú
por alta traición. Al atardecer de aquel día de
verano le ataron desnudo al tormento procurando que el
agujero central del asiento le quedara ad hoc. Él pensó:
«Qué forma más refinada de matar tienen estos asiáticos:
morir esperando».
Se equivocaba.
Previamente, el verdugo había plantado un rizoma
long-chu
—un bambú de desarrollo espectacular— bajo la silla y regado con
esmero. Miró al condenado y le dijo:
—Tiene derecho a una última voluntad.
El inglés calculó que en la espera nada le sentaría mejor
que fumarse una pipa de tabaco rubio vietnamita, húmedo,
oloroso, antes de pasar a mejor vida. Definitivamente, un
espía no podía morir sin tener a mano su pipa.
—El tabaco mata —le recordó el verdugo en un gesto de
comprensión hacia el reo.
Sir James se limitó a sonreír, irónico:
—Ya lo sé. Pero tráigame el tabaco, por favor —le insistió—:
de todas formas estoy condenado a muerte.
Fumó con delectación eternizando el momento, consciente de
que era la última pipa de su vida. Cuando acabó, el verdugo
le advirtió:
—Ahora debería empezar a preocuparse, señor, estos bambúes
que he plantado bajo su culo crecen un metro en veinticuatro
horas…
Súbitamente el inglés dejó de sonreír: se sintió gravemente
ofendido por la forma tan poco refinada que tenían de
ajusticiar estos vietnamitas…
Pedro Sanz Lallana
El Gran Deseo
( 73 )
Habría podido imaginarse el interior de la pipa.
Ninguna duda, ningún tímido pensamiento de intriga que
se opusiera al hecho de estar quemándose el más fino
de los tabacos.
El interior estaba completamente ardiente. El humo
que era su alma, flotaba ingrávido, sin temor por la
habitación, avanzaba por la luz que entraba desde una
ventana y se seguía viendo hasta que salía por la
puerta. De improviso el placer se hizo más
irresistible que antes. Subió la pipa caliente hasta
su boca y, entonces, dejó penetrar una bocanada de
humo.
Sin duda alguna su interior estaba ardiente. Miró por
encima de su cabeza y, como sus pensamientos, los
espirales de humo le ondeaba su figura y subían hasta
lo alto del techo ennegrecido.
Solo quería hacer una mínima pausa, tomar el sabor
íntegro de aquel placer extremo y dejar que el corazón
siguiera su ritmo marcado por el entusiasmo y la
pasividad. Le asaltó en este punto de éxtasis un gran
deseo de seguir con su imaginación el humo hacia
adentro. No le parecía indecoroso hacerlo ahora;
frente a sus amigos de siempre. Todos reían, solo él
fumaba. Lo separaba de ellos esa pequeña travesura de
fumar. Por eso no dudó en hacerlo, se hundió en el
sofá y se escabulló con el humo hacia él mismo, hacia
el interior donde ardía su propia alma.
Pygmalion
Amor de humo
( 72 )
Sabía que lo que me había enamorado no era él, sino el olor
del tabaco de su pipa.
Ese olor a hombre dulce, reposado y sincero que me envolvía.
Un olor que no le pertenecía, que le era ajeno,
prestado...Todo un mundo de cualidades y sensaciones
prestadas. Pero,¿cómo reconocer que uno a quien desea es un
objeto? ¿Cómo explicar que se intenta humanizar una pasión
para poder vivirla? Impregnar ese aroma a un cuerpo, dotar
de voz a una inspiración, convertir en abrazo una humareda,
hacer de un ritual una manera de ser...
Pero a él no le importó interpretar ese papel. Sentirse
un intermediario entre la pipa y yo. Ser sus manos, sus ojos
y sus labios. Erigirse para siempre en el hogar donde se
prenden mis sueños y crepitan mis emociones.
Eva . Madrid
Las adicciones de Ferdin y Eduvigis
( 71 )
Veinte líneas para un concurso. Vaya complicación, porque no
todos somos asiduos a los cuentos cortos. El tema es
apasionante, pero por lo mismo un poco más complejo. Vaya
que Ferdin ha sentido en su sien el dolor de cabeza al
encontrarse con todo esto.
Lo peor es que Ferdin no ha podido dejar su pipa ni por un
instante, entonces no puede escribir, porque inhala un humo
grisáceo con tal gracia que sólo puede concentrarse en eso.
Debería ser más práctico y aprender a fumar y escribir a la
vez. Una vez le pregunté que cómo era posible y si es que en
algún minuto del día hacía otra cosa que no fuera llevarse
la pipa a la boca. Me contestó: “señora Eduvigis, no se
ponga tan terca y por favor entiéndame un poco a mí. Usted
anda por la calle con más de cien gatos amarrados por un
cordel y me pide que deje la pipa. Piense en que todos
tenemos nuestras manías, algunas más extrañas que otras y no
quiero ser descortés con usted, pero prefiero mil veces
llevarme hasta cinco pipas a la boca que pasear con más de
cien gatos.” Tuve que callarme, porque en cierta medida
tenía razón. No hay momento en que me haya puesto a regodear
por el olor de su pipa en mi ventana, pero mis preciosos
gatos ya han ido a combatir contra esas tiras pequeñas color
café que se llaman tabaco y las han enterrado en el patio
delantero, el pobre Ferdin nunca ha reclamado. En fin, debe
ser complicado para él, porque tabaco cuesta encontrar,
sobretodo ahora que los tiempos en que vivimos no han de
permitir mucho cigarro. “El tabaco mata”, dicen algunos,
pero yo pienso que con todo el café que hube de tomar en mi
juventud, tengo para seguir con insomnio por sesenta años
más; el alcohol ingerido, me tiene con resaca todavía hoy.
María Joselito Barrett Baldez, Chile
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